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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

lunes, 4 de agosto de 2014

CUANDO AVANZAN LAS NUBES de MÓNICA DOMÍNGUEZ LÓPEZ

Otra nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Cuando avanzan las nubes, de Mónica Domínguez López. Y van 8.


Sabía que siempre recordaría, con todo lujo de detalles, el día que contempló por primera vez la Alhambra. Ya la conocía por fotos, claro, y solía pensar que si una imagen le maravillaba de tal manera, qué sería verla con sus propios ojos. Y cuando eso sucedió, se le erizó la piel como si estuviese expuesto a una repentina corriente de aire gélido.  No era el caso, pues la noche de su primer encuentro con el monumento granadino, fue a principios de un otoño muy aferrado aún a la estación estival, y la cálida temperatura y una luna que recién comenzaba a menguar, fueron los complementos perfectos para ese primer encuentro.

Hacía ya varios meses de aquello, pero Dimitri no dejaba pasar más de dos semanas sin acercarse por allí: había visitado en un par de ocasiones los Palacios y el Generalife, paseado por el de Carlos V, algunas caminatas en torno a sus placenteros bosques.

Esa tarde, mientras se preparaba para otra prometedora cita, esbozaba una socarrona sonrisa frente al espejo, pues pensaba que podrían acercarse hasta el Paseo de los Tristes, a esa hora en que las luces alumbran la rojiza fortaleza. Quizás un interesante punto y seguido para lo que la noche les tuviese reservado. Rápidamente se recompuso y tornó el gesto serio. Podría albergar toda una serie de dulces e interesantes expectativas, la relación mejoraba por días, pero la culpabilidad le golpeaba por estar viviendo esas sensaciones. Era como si le diese la espalda a sus orígenes y, peor aún, cuando estos estaban viviendo días de fuego y sangre.



Dimitri era ucraniano, nacido en Kiev, donde había pasado toda su infancia y primera juventud. Y donde había aprendido a madurar pronto. Su familia tenía una posición social y económica bastante cómoda, pero veía a su alrededor otras situaciones que les obligaba a ser conscientes que las cosas, sobre todo las buenas, pueden ser efímeras. Era un buen estudiante, pero era mejor jugador de baloncesto y cuando se le presentó la ocasión de obtener una beca, que aunaría estudios, deportes y la oportunidad de conocer mundo, tanto sus padres como él no albergaron la más mínima duda. Así fue como un mes de septiembre llegó a Granada, dejando a su familia y allegados tras una despedida agridulce: por un lado, el gran momento que se le presentaba, por otro, la tristeza de la separación. La crisis en la que Kiev se hallaba sumida, llevó a Dimitri a pensar si su padre no habría adivinado lo que se avecinaba y orquestó de alguna manera su salida del país. Era un hombre con contactos que, no sin esfuerzos, podría conseguir ciertos favores.

Su esmerada educación le había propiciado unas nociones de castellano, con las que Dimitri conseguía defenderse al principio de llegar a España. Traía en su equipaje muchas dudas, repartidas en la maleta a partes iguales  con ilusión y ganas de conseguir importantes progresos. En Granada encontró enseguida personas afables que se lo pusieron todo bastante fácil, empezando por su compañero de piso. Julio era de una población del entorno granadino; su familia, gente de campo. Dimitri conoció por boca de Julio el concepto de trabajar de sol a sol cuando le relataba la dureza de esa vida. Aún educado con esos valores recibió todo el ánimo familiar para estudiar una carrera. Y ahora Julio podía dar sus primeros pasos cortitos pero firmes, en el mundo laboral. Pero era puntual en los quehaceres que el calendario agrícola y su padre le iban demandando en el campo. Se oía decir a si mismo la necesidad de volver a los orígenes; ahí empieza todo. Era un pensamiento que Dimitri compartía. 

Llevaba ya unos fríos e intensos meses en Granada, cuando comenzó primero un revuelo, después una revuelta para acabar en una guerra civil en toda regla. Ucrania sufría. Durante los siguientes días todo fueron intentos fallidos de contactar con su familia. Especialmente angustiosa se le presentaba aquella calurosa tarde. Año tras año, sucedía igual: a mitad de la primavera, irrumpían días de pleno verano. El termómetro de la farmacia de la esquina, parapetado bajo un toldo, marcaba los 35º. Dimitri necesitaba beber algo. Llevaba todo el día sediento; había entrenado con la canasta a primera hora de la mañana, y aún no se había repuesto del esfuerzo y el calor sufrido. Ahora se sentía demasiado inquieto para estar en casa y paseaba por la recalentada acera sin rumbo fijo. Cuando traspasó la puerta del bar, agradeció el frescor del local, favorecido por una? semipenumbra y  dos grandes ventiladores que giraban acompasadamente en el techo.

Un camarero de aspecto cansado y con pocas ganas de charla colocó frente a Dimitri la coca-cola y el vaso repleto de cubitos de hielo que éste le había pedido. En un rincón, un hombre ojeaba un periódico y degustaba lentamente lo que a todas luces parecía un trago fuerte. Sobre él, una televisión plana emitía en silencio el telediario de las tres. Un día más, los sucesos de Kiev llenaban minutos del noticiario. Dimitri, con un tremendo nudo que comenzaba en su garganta y se  alargaba por el estómago, contenía la respiración. Era su país, su tierra, su gente. Los policías cargaban contra los manifestantes. Y justo cuando levantaba el vaso hacia sus labios, lo vio. Emitió un quejoso suspiro y el camarero le prestó un segundo de atención. ¿Qué le ocurría a este larguirucho? Pero enseguida volvió a su tarea de apilar las tazas sobre la enorme cafetera temiendo que le diese conversación. Pero Dimitri no estaba allí; todos sus sentidos estaban concentrados en el televisor. Se sentía totalmente alarmado e impresionado ante esa breve imagen que había visto. Estaba seguro. Ese joven al que acababan de agredir era Iván, su Iván. Su hermano.




Llegó a casa realmente alterado y Julio no encontraba la manera de calmarlo.

- Dimitri, las imágenes van muy rápido No puedes saber si…
- Si, lo sé – no se dejaba apaciguar-. Le he visto. Era Iván, mi Iván. ¿Cómo no reconocerle?
- No puedes seguir así; no hay manera de que tú soluciones nada, tienes que aprovechar tu oportunidad aquí.
- Pero ellos… allí, mientras… ¿cómo poder? – algo más calmado, abrumado por la situación, se sumió en un silencio más insoportable aún que el desagarro de su discurso.

Julio tuvo una repentina idea. Tal vez no fuese acertada, pero le partía el alma ver tanto dolor en Dimitri. Durante el tiempo que lo había tratado, había descubierto a alguien educado y respetuoso, algo introvertido pero siempre con una palabra amable y con un sentido especial para hacerte la vida más agradable.

Pilar, su novia, tenía una compañera en la Facultad de Traducción e Interpretación. En ese momento, no era capaz de recordar ni su nombre ni su país, pero salvando las distancias, una patria rota es una patria rota. Y Pilar le había hablado de la situación tan difícil para su compañera de aula. 

Esa misma tarde, entre cañas y tapas, le comentó lo que había vivido Dimitri horas antes y le preguntó sobre su amiga.

- Nadia, se llama Nadia. Es de Argelia. En su país también se han vivido duros momentos políticos; su familia ha sufrido bastante. Enviaron a sus dos hijos mayores a España. Nadia ha continuado aquí, siguiendo la indicación paterna de recibir una formación y tener oportunidades. Su hermano si regresó, pero abandonó la capital, Argel, donde vive la familia, para apoyar a una de las facciones fundamentalista del país. Nadia quiere estar aquí, claro, pero además piensa que ella no puede decepcionar también a su padre.

Dos días más tarde, Julio consiguió salir con Dimitri. Este limitaba su rutina en ir de sus clases a la cancha, de ahí a la casa, nuevamente al balón y a casa. Pero con mucha insistencia y no menos paciencia, al caer la tarde y apenas unas décimas los grados que  marcaba el termómetro, los dos se pusieron en marcha. El plan era de principiantes, por su originalidad: pasear entre los rosales, a estas alturas del año bastante mustios, del Parque García Lorca. Pilar iría con Nadia y se harían los encontradizos.

A la sombra que proyectaba el muro de la huerta de san Vicente se produjo el encuentro. Nadia tenía unos profundos ojos oscuros, enmarcados por tupidas cejas y largas y espesas pestañas negras. Su nariz algo prominente conseguía pasar desapercibida pues tras sus expresivos ojos eran unos carnosos y sonrosados labios lo que destacaba en su hermoso rostro. No era de sonrisa fácil, más bien de carácter algo taciturno, más abierta y risueña con quienes la trataban a menudo. Su cuerpo, no exento de redondeces, era firme y vestía con discreción pero con un empaque y unos complementos que la colocarían a la cabeza de cualquier lista de elegancia de toda la facultad, y de algunas otras, si se elaborase.

Dimitri no fue consciente de todo esto la primera vez que la vio; le pilló demasiado desprevenido. Solo cuando se separó de ella, sintió la necesidad imperiosa de volver a verla enseguida, porque era consciente de que se había perdido algo que tal vez no fuese capaz de recuperar.

A Nadia, en cambio, sus sentidos se lo advirtieron desde el primer momento, aunque de entrada fueron algo confusos: la conmovió el halo de tristeza que envolvía a Dimitri y, pese a su seca actitud inicial ante los desconocidos, apenas pudo contener el impulso de abrazarlo que brotaba dentro de ella.

Así, al día siguiente, cada uno con su confidente, vinieron a tener una conversación similar a ésta.

- Julio, ¿crees que tengo alguna posibilidad con Nadia?
- Oye, Pilar, ¿cómo era que se llamaba el amigo este de tu novio? ¿Cuál era su país? 

Lo que Pilar comenzaba a temer no eran las conversaciones con Nadia sobre  Dimitri, que preveía estaban por venir y serían muchas; eran las ínfulas con las que iba a revestirse su chico si, como parecía, esta pareja funcionaba. Y bien sabía ella como las gastaba Julio cuando el destino sacaba los números que marcaban los dados que él lanzaba. No serían pocas las ocasiones que aprovecharía para reiterar que su idea fue genial. Pasaría el tiempo, y sería Julio el que no encontrase palabras para describir la emoción que le embargaba, pues había hecho mucho más que animar a un amigo. Había propiciado el encuentro de dos personas que ya no sabrían estar la una sin la otra.




Porque Dimitri y Nadia, en el tono más cursi que se quiera usar, y no por ello menos real, estaban irreversiblemente hechos el uno para el otro. Su premeditado encuentro en los jardines que llevan el nombre del poeta granadino fue el punto de partida de una hermosa y longeva historia de amor. Ambos se amaban, respetaban y apoyaban a partes iguales. Con ese amor que recibía, Dimitri fue sobrellevando la difícil situación familiar que le azoraba. Y sabía que con Nadia a su lado, resistiría y vencería cualquier obstáculo con el que se encontrara. Solían tener largas conversaciones sobre su vida, sus preferencias, sus sueños; sobre la vida, las cosas banales, las que importaban, sobre la historia. También, tras varios encuentros, hablaron sobre aquella tarde y lo que Dimitri creyó ver.

- Aquel día hubiera jurado que era mi hermano. Pero después comencé a dudar. Como me dijo Julio, fue un instante y seguramente, se trató de lo que yo quería ver.
- ¿Crees que tu hermano iría a manifestarse?
- Si, por él si, pero por respeto a mis padres no lo haría. Ellos no aprueban esa actitud; nos inculcaron  tener valores y opiniones, pero también que estas tenían que ser defendidas dentro de un orden.
- Estabas deseando saber de tu familia, es normal que lo confundieras. Es duro Dimitri, pero hay que dejar correr el tiempo. Sé bien cuanto cuesta- Nadia le miró intensamente a los ojos. - ¿Te has tumbado alguna vez en un césped para ver las nubes pasar?
- De crío, si. Supongo-  contestó, algo confundido, Dimitri.
- Me refiero a cuando sopla el viento, y van más rápido. Pasan nubes que parecen ligeras y no sabes si detrás vendrán más así, u otras con lluvia o dejarán el cielo despejado. Pero pasan Dimitri, pasan. Traigan lo que traigan después, será diferente y acabará siendo bueno-  estas últimas palabras las acompañó colocando, con suavidad, su mano sobre las de él.

Dimitri respondió entrelazando sus dedos. Acercó lentamente su rostro al de ella y la besó con toda la dulzura que fue capaz en sus labios, a la par que elevaba mentalmente una oración de gracias a quien correspondiera,  por haber puesto a Nadia en su vida.

Un atardecer más pasearon por la Alhambra; las manos cogidas, las miradas prendidas sobre el barrio del Albaicín y los pensamientos desbordados. En un escenario así, donde el murmullo de las fuentes te acompaña y el tiempo parece estar detenido, cualquier sueño o deseo se nos muestra posible . Y el ánimo para lograrlo se va consiguiendo conforme se va aspirando el aire de la noche granadina.

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