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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

lunes, 7 de julio de 2014

NUNCA DESPIERTES, de RAMÓN ARIZA GUERRERO

Una nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de Nunca despiertes, relato de Ramón Ariza Guerrero.


… que aunque vengo de lejos soy niño y tengo ganas de comer y de nadar en agua salada.
Pablo Picasso

Se pegaba a la pared para absorber su propia sombra dentro de una jungla que, de asfalto, tenía poco. Era una jungla de caras grotescas y sonrisas burlonas, una jungla que no medía más de treinta pasos de Torre Eiffel y tenía olor a Amélie alrededor de su cuerpo.

Asustado y tembloroso, comenzó a ocultarse y a esconder su dirección. En cada esquina, en cada calle accesoria lo encontraba, lo escuchaba chirriar, hablar a los ecos de su voz. Estaba por todas partes, dentro de las papeleras, en los kioskos, en el aire que entraba en el metro… Y ya no podía escapar como antes, ya no. Se movía silencioso dentro de las imágenes de las portadas de revista, le soplaba los ojos, le tiraba del cuello de la camisa. Colocado y programado para sacarlo de quicio, para ponerlo fuera de órbita.

Cerró los ojos tan fuerte que le dolieron, dentro de su cabeza, todos los instantes vividos. Ahora ya había conseguido acallarlo… Se agarró con tanta intensidad  al frío metal de la escalera que sus dedos tardaron siglos en responderle. Necesitaba tumbarse, necesitaba descansar y vaciar sus pensamientos. Dirigió su mirada al estrecho baño plantado bajo el hueco del piso superior, a kilómetros de distancia de su apartamento. Demasiado viejo, demasiado cascado para apuntar desde arriba, así que se sentó y soltó un suspiro de alivio.

Sus rodillas no respondieron a su llamada, no quisieron mandarle lejos de allí, y sin embargo era donde se sentía más seguro. Apoyó su mano vuelta casi transparente al pomo de la puerta y se impulsó hacia el pasillo que tantas veces había imaginado como un camino hacia la eternidad. Ya se sentía tranquilo, por fin cansado y dispuesto a dormir.

De nuevo otra parada, otra opaca sensación de no poder avanzar. Cruzado ya el umbral de la puerta, las llaves cayeron dejando sonar todas las veces que la añoranza había deseado que abrieran las puertas de un Madrid desconocido.

El olor a humedad no había abandonado aquella estancia durante al menos los últimos quince años, tampoco la oscuridad. Pero era una buena sensación, había acostumbrado a aquel anciano a disfrutar de aquel lugar. En sus oídos el intenso sonar de un frigorífico le quemaba por dentro, le hacía tiritar cada vena de su espeso cuerpo.




Tembló la estancia con pisadas lentas y encorvadas, depositando polvo de hormiga en sus hombros ya cansados, ¿quién vivía en el piso de arriba? Y era como una cueva, fresca, con bóvedas de cielo negro incrustado en las paredes. Los cuadros de gruesos marcos teñían de blanco y negro el papel de un sepia no aclarado durante siglos. Los muebles pegados unos a otros mantenían la agonía de una mirada al posarse en ellos.

Sus pies recorrieron en el mismo instante las losas del salón y de su escueto dormitorio. Su propia respiración lo asfixiaba devolviéndole el recorrido a través de todo su cuerpo. El mundo se le había reducido, sus ideas empequeñecidas como aquel mal llamado hogar, ya no le servían de inspiración. “Este paraíso ya no es para mí”.

Ocho metros y medio de voces de toda una vida cuadrados dentro de ese espacio. El hueco de una minúscula ventana se le pegaba al cuerpo como una sábana rancia y áspera. Sin cortinas, sin necesidad de ocultar nada. Despejó todos los cojines y se tumbó en el sillón, su sillón, el sillón del rey hastiado. A pesar de su forma raída y su aspecto de fantasma era donde más cómodo se sentía, su santuario. Los pies sobre la mesa confundida con el aparador repleto de figuras y objetos inservibles: un mono de porcelana, una pequeña bandera de España, un calendario detenido en 1988, un seco florero silenciado en polvo, una figura de señora con pamela besando a un caballero sin cabeza, jabones esparcidos, velas sin mecha… Todo un tesoro.

Una vez más, las hormigas le recorrieron el pelo, el cuello y la espalda ennegreciendo sus deseos de sumirse en un profundo sueño. Molesto, pegó su cabeza a la pared para sentir mejor las vibraciones y entonces lo oyó. Lo oyó como si recorriera un espeso bosque trazando tallos y hojas a su paso, como un río que trepara y limpiara las calles que hacía pocas horas había pisado. No podía quitarse aquel sonido de pequeños y cortos pasos de su cabeza, no podía… La madera de la trampilla parecía estar hecha de otra pasta diferente, quizás por los años que había dejado pasar sin abrirla. Sus huesudos dedos consiguieron acercarse y tramar lo que había estado intentando toda la vida. Y allí estaba, un niño de no más de seis años abrigado por montones y montones de telarañas.

­­- ¡Oye! ¿Eres tú quien me ha estado incordiando todo este rato? ¡Críos!
- Puede.
- ¿Puede que sí o puede que te eche de aquí ahora mismo? –se irguió todo lo que pudo para hablar.

Sin que pudiera reaccionar, el niño dio un salto que lo plantó cara a cara con Luis.

- ¿A que no me pilla, hombre encorvado? Le he estado siguiendo…

- En esta estancia no me resultaría demasiado difícil agarrarte de esa ridícula ropa que llevas e invitarte a dar un paseo.

- No es usted muy amable señor…

- Soy tan amable como mi edad me permite que sea –sentenció.

- ¡Qué buena vista para pintar los hermosos techos y ventanas de París! –gritó el crío con su cuerpo en puntillas intentando mirar a lo lejos desde el tragaluz que hacía las veces de sol sombrío-. Yo quiero convertirme en un gran pintor cuando sea mayor ¿sabes? Como Van Gogh y plantar girasoles en todos los libros de texto de la escuela o como Arcimboldo comiendo fruta todo el rato y mirando al cielo.

- Demasiado joven, demasiado inocente para comprender… Nunca despiertes de ser niño.

- No le entiendo señor.

- Pues que te dejes de ensoñaciones y prepárate para actuar como se espera de ti en este mundo loco. Estudia medicina o magisterio o cualquier otra cosa que te de dinero. Hazte psicoanalista y sácales los cuartos a burgueses de mangas almidonadas… Haz como yo…

- Pero yo quiero pintar… Yo quiero plantar un gran mural en las calles –dibujó círculos en el aire.

- No tengo ganas de seguir con todo esto pequeño –exhaló el anciano en un intento de borrar todo aquello.

- ¿Es que no vas a jugar conmigo un poquito Luis? Me apasionan las carreras de coches y las canicas y pegar tiros al aire. ¡Este sitio de magos y conejos blancos me parece genial para esconderse! –exclamó atropelladamente.

- ¿Me has llamado por mi nombre chaval? ¿Lo llevo tatuado en la frente?

- Es que tiene usted cara de Luis y siempre he pensado que los que nos llamamos así estamos hechos de una pasta especial. ¿No cree?

- Te he dicho que no quiero seguir con toda esta charla Luis –remarcó la última sílaba en un siseo-. Estoy cansado y necesito quedarme solo.



El anciano quería fundirse con su entorno o desaparecer o evaporar las lágrimas de toda una vida. Jamás se había sentido tan expuesto, tan desnudo. ¡Si solo era un mocoso!

- No creo que usted sea un viejo tan grosero como aparenta. Miente, es un gran ilusionista –dijo esto último en voz baja.

- ¿Por qué piensas eso? Si lo que intento es echarte de aquí.

- Porque lo sé y lo siento. Lo siento cuando respiro el aire de esta habitación, cuando veo sus manos temblar.

- Tiemblo porque soy viejo y el mundo se me tambalea y acaba, niño –aseguró acercándole las manos a su rostro.

- A mí me gustaría hacer un millón  y una cosas antes de morir. Quiero leer toda la  biblioteca que perteneció a mi padre, quiero volar en avión, marcharme cuatro días al campo con mi amigo Jesús, quiero construir una escuela para enseñar a pintar mariposas, subir al sitio más alto del mundo… ¿Qué le gustaría hacer a usted señor? –le preguntó con una sonrisa que llenó toda la estancia.

- Tu risa me hace libre, me pone alas.  He hecho tantas y tan pocas cosas en la vida que creo que ya no me queda nada con lo que soñar. Mis ventanas están cerradas, solo abro puertas para dejarme caer por el café de siempre a conversar con tres carcamales como yo o para encerrarme en este lugar que se ha convertido en mi segunda piel. Y leo, me gustaría seguir leyendo aunque mi vista se esfuerce en abandonarme.

- ¡Pues eso es genial! Yo escribo historietas antes de irme a dormir. ¿Quiere leer alguna? –le ofreció el chico con brillo en los ojos.

- ¡Ay, Luis! Una vez me enamoré de la idea de publicar un libro de relatos sobre mi propia vida y plasmar los dibujos que también hacía desde niño. Un error tan grande. Solo fueron deseos, intentos que quedaron flotando en estas cuatro paredes. Un error. Dame alguna razón por la que deba o pueda alcanzar un sueño, pequeño –suspiró.

- No sé, es una pregunta difícil y yo solo soy Luis. Pero creo que las historias de los sueños quedan grabadas en la memoria de cada uno y pueden recuperarse en cualquier momento.

- Pero yo ya estoy tan caduco…

- Y yo tan verde, señor –imitó mirando al suelo.

Sentado con sus rodillas al descubierto y llenas de arañazos de una corta vida de aventuras, tan niño para alcanzar la tristeza del mayor, miró a su alrededor y se detuvo en un cuadro que pasaba desapercibido de entre tanta selva de artilugios y decoración. Un marco confinando aquella imagen como en una celda.

- ¿Por qué han de morir padres en las guerras amigo? ¿Por qué las madres agarran a sus hijos y se marchan de los países que no les dan de comer?

- ¿Qué dices chiquillo? –preguntó un Luis sorprendido.

- No esté usted triste, no crea que su padre quiso abandonarle. Se marchó con una bala en el estómago y el dolor de dejarle en el corazón. Su madre fue muy fuerte, le cogió de la mano y le trajo hasta aquí para verle feliz, para darle ese sueño que le queda por vivir… Me gusta veros sonreír en esta imagen que casi habla sin decir –dijo recurriendo a un tono cómplice.

- Luis, pequeño…

Y las lágrimas brotaron de todo su rostro, brotaron sin pausas, brotaron maldiciendo todos los momentos de dolor. Recorrieron todo su cuerpo gota a gota sobre el suelo y calaron entre las vigas ya húmedas del lugar. Tiñeron sus manos y le permitieron esculpir los sentidos que hacía siglos había ocultado en sus puños. Y lloró. Al fin descubrió su rostro lleno ahora de un brillo especial. Se había liberado, había renacido, reinventado su amargura.

El niño se le acercó y en un intento le abrazó. Tan pequeños brazos agarrando ya sus hombros, su cuello, su espalda… Las lágrimas de aquel hombre bañaron su diminuto cuerpo.

-  No te separes niño. Nunca nadie me había abrazado así –acertó a decir.

Una cámara le mostró cada fotograma de aquel único abrazo. Le devolvió la mirada lenta de niño inocente y lo envolvió en la certeza de haber estado siempre cerca de aquel chico.

Comenzó  entonces a contar su historia trazándola con pluma de tinta negra porque de otra manera el lápiz desaparecería con facilidad y no quería que los hechos se borraran de su vida tan pronto, tan fugaces. Un ahogado suspiro lo despertó, sin sentido. Las nubes que le cerraban los ojos, ahora se le volvían menos espesas.

- No quiero morir desnudo. No permitas que ocurra, protégeme…

- Yo siempre le he protegido Luis, siempre he intentado estar cerca, pero ahora depende de usted. Ahora ha de decidir si quiere marchar o sacar el mejor partido de todo esto. Consiguió cerrarse todas las puertas y traerme hasta aquí. Ahora ya es tarde, ahora debe dejarme partir… Le quiero… siempre conmigo y siempre sin ti.

- Ahora puedo recordarte en mi niñez, puedo incluso dibujar tu rostro, puedo sentir tu piel. Me has lanzado tan fuerte esta piedra que ya empiezo a comprender. Puedo latir tu corazón, puedo lanzarme a tu olvido. No me sueltes, no dejes de arroparme, no me quedan fuerzas… Este paraíso ya no es para mí.  Tarde o temprano esto iba a suceder, no me abandones hijo. Siempre supe que respirábamos el mismo camino, ahora puedo soñar que eres yo.

*  *  *

Ida cerró con tres vueltas la puerta, aquella que guardaba el tesoro que le había permitido estar al frente de la portería los treinta últimos años. Subió los setenta y cinco escalones que llevaba memorizados a cada paso y que el reuma los dificultaba cada vez más. Avanzó por aquel pasillo mientras sus pensamientos arañaban los recuerdos de los últimos días pasados en su pequeño pueblo de Portugal. ¿No podría haberlo dejado todo y haberse aferrado a su tierra una vez más? Ahora tendría que ponerle las cosas claras a aquel viejo ingrato y enfadarse con él por no haber dado señales de vida. ¿Tanto le costaba dejar una nota de vez en cuando en su buzón para saber que estaba bien? ¡Hombres!

Tres, seis, ocho minutos pasó delante de aquella cueva sin obtener respuesta. No podía esperar más, así que decidió utilizar la mágica maña de sus llaves. ¿Cinco días transcurrieron hasta que la luz se coló de nuevo por aquella puerta abandonada? Frío cuerpo de rostro ajado.

La portera tensionó todos sus músculos y no logró gritar la pena que supuso encontrar a aquel anciano acurrucado y abrazado a sí mismo con los dedos atrapados en un sinfín de recuerdos y la fotografía de toda una vida pegada a su pecho.

1 comentario:

  1. Gracias Alfonso por guiarme en el proceso de NUNCA DESPIERTES y ayudar a que salga a la luz. RAMÓN M.

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