Tusitalas en ahora escueladescritura.com

NOS HEMOS TRASLADADO A www.escueladescritura.com

TUSITALAS.ORG

CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

martes, 29 de julio de 2014

MI QUERIDA JULIA, de CONCEPCIÓN SOTO

Otra nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Mi querida Julia, firmado por Concepción Soto.


3 de diciembre de 2007. Acabo de leer en el periódico: “40 años del primer trasplante de corazón”. Gloriosos momentos aquellos en los que Christian Barnard, de 45 años de edad, realizó la gran hazaña por primera vez en el mundo. Su paciente fue Louis Washkansky. Tenía cincuenta y cinco o cincuenta y seis años, era natural de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y padecía una miocardiopatía. El prodigio se hizo realidad y este hombre sobrevivió a la operación. Murió dieciocho días más tarde.

Este breve tiempo fue, sin duda, como ganar un pulso a la vida, a la naturaleza. Sin ánimo de molestar a los creyentes, fue como un auténtico pulso a la creación y al mismo Dios. La tenacidad humana y científica ha permitido a muchas personas sobrepasar ese límite que marcaba su destino.

Antes, otros lo intentaron: Norman Shumway y Richard Lower. Ellos realizaron operaciones similares con animales. El éxito no les acompañó debido al rechazo inmunológico, al riesgo de infecciones y a una técnica que era sólo un esbozo de lo que luego ha llegado a ser.

En el siglo pasado, en los años ochenta, el desarrollo de la inmunosupresión fue no sólo un paso de gigante sino el de varios gigantes a la vez. Por ello, yo misma soy donante de órganos. Intento olvidar el hecho de que muchas personas han tenido que servir de campo de pruebas para poder avanzar.

Hablar de las segundas oportunidades, y concluir que la vida es injusta, muchas veces va unido. Lo es especialmente para quien ha querido creer en sus posibilidades, en su fortaleza física y mental y en la técnica quirúrgica para conseguir ese tiempo extra de vida.

Todo esto me hace volver a ese día en el que el milagro se hace posible de nuevo y la prensa da la noticia: “Hoy, 8 de mayo de 1984, los cirujanos Josep María Caralps y Josep Oriol Boní realizaron en el Hospital San Pablo de Barcelona el primer trasplante de corazón con resultados positivos.”

Mi padre se levanta muy cansado; o mejor dicho, se incorpora de aquello que sólo ha sido una cabezada. Le duele todo el cuerpo porque ha estado velando la salud de mi madre toda la noche. Después de besarla y de tomar un café caliente, ha salido a recibir a mi tío Roberto. Él nos visita todos los días, trae el periódico y charla un ratito con mi padre. Después va a su trabajo. A continuación, normalmente, mi padre sale para trabajar en el campo, pero hoy no. Hoy ha abierto el periódico y ha leído esta noticia. Por mi juventud, no soy consciente de que un trasplante sea nuestra única esperanza en estos momentos.

- Lo que sorprende es que esto se haya hecho ya en España -comenta mi padre.

Mi hermano y yo damos saltos de alegría al oír la noticia. Después rompo a llorar porque veo a mi madre tan malita. Mi hermano sigue dando saltos por la habitación hasta que mi padre le dice: “Ya está bien. ¡Para! No molestes a mamá”.




Nada más aparecer el primer rayo de luz, ella abre sus ojos y esboza una sonrisa y nos saluda con un “buenos días”. Un saludo suave, casi imperceptible debido a su enfermedad. Mi padre se acerca, la besa en la mejilla y en la mano. La acaricia con esa ternura que emana su mano al tocarle. Parece imposible que un hombre tan curtido por el sol, que dedica tantas horas al campo, sea tan dulce, tan amoroso y tan cálido en algunos de sus gestos.

El día amanece soleado en mi pequeño pueblo en la Vega granadina. Sierra Nevada luce, como siempre, majestuosa. Sus rocas y tierra oscura contrastan con el blanco brillante de la nieve. Adorna este suculento pastel un cielo azul y alguna pequeña nube a modo de dulce de caramelo que le sirve de corona.

En el huerto la vida surge y crece cada día. Acabamos de plantar las patatas. Este año, el clima aconseja ponerlas ya; eso es lo que dice mi padre. El año pasado tuvimos que retrasarlas porque, por estas mismas fechas, hacía un frío que pelaba. Mi padre siempre comenta que, en esto del cultivo, también nos la jugamos cada año y que invertir en el campo es arriesgar porque nunca se sabe si todo irá bien. Sólo con un mal día, unas horas, a veces unos minutos de granizo, pueden truncar toda la frondosidad y fresca vida, y el fruto nuevo se convierte en un despojo.

En 2007, habiendo llegado ya a la edad adulta, volver a contemplar toda esta vida naciente hace florecer en mí, al mismo tiempo, sentimientos contrapuestos. Me alegra pero siempre me recuerda y recordará este día de mayo de 1984 que fue tan esperanzador en algunos aspectos y tan decadente en otros. Pero, “invertir en la propia vida es seguir el impulso natural de sobrevivir”, eso se lo he oído decir a mi madre en alguna ocasión.

Siempre la hemos visto enérgica en todas sus órdenes y decisiones. De pequeños creíamos que ella era infalible porque siempre estaba tan segura de todo o, al menos, eso era lo que nosotros pensábamos.

Volviendo a ese mes de mayo, verla enferma y desvalida nos parece imposible. Incluso, estando ya en la cama, cualquier cosa que dice, al principio, nos parece una orden. Siempre que ella nos reprime por cualquier mala acción, nos mira y transforma esa suave sonrisa en un rostro malhumorado. Pero ese gesto duro se suaviza cuando mi padre la llama por su nombre: Julia.

Para mí, ella siempre ha sido como dos mujeres diferentes porque, cuando mi padre se le acerca, sus ojos le reciben lo más abiertos que pueden, y parece abrazarle con ellos. Hoy, las comisuras de sus labios apenas se elevan para esbozar esa suave sonrisa. Para mi hermano y para mí, ese juego de su rostro, esos cambios, esa suave dulzura que siempre transmite hace que cualquier cosa sea incluso divertida. Al momento le preguntas por cualquier otra tema y, muy atenta, te escucha y te da explicaciones.

Mi padre, para esas cosas, es más serio. El siempre dice que ser “el hombre de la casa” implica muchas cosas: trabajar para poder dar de comer y vestir a su familia, para que sus hijos puedan estudiar, para ahorrar un poco por si el año próximo la cosecha viene muy mal, para intentar ahorrar dinero por si es necesario pagar los gastos de alguna enfermedad o algún imprevisto grave.



“Mi querida Julia”, así comienza la carta que mi padre escribe a mi madre, ese día. Él mismo se la leerá, más adelante. En ese momento, lo único que persigue al escribirla es liberar su rabia. Esa rabia se ve aumentada por la frustración y los nervios contenidos. Esos nervios que, como dos grandes manos, rodean su cuello y lo aprietan hasta que le parece que no será capaz de volver a inhalar aire, para mantener su cuerpo vivo.

Miro el periódico que está sobre la mesa y leo: “La medicina está dando pasos de gigante”. Unas líneas más abajo, se añade que se reparará casi cualquier órgano en el futuro. Verdad o mentira, sé que mi padre piensa que eso será así. Por eso se desespera. El quiere que todo se haga ahora mismo, ¡ya! y con éxito.

Mi padre es un hombre de fe inquebrantable, un consumado optimista al que se le iluminan los ojos, al ver sonreír a mi madre. Él la idolatra. Me parece imposible que una relación así pueda existir. Para mí, las miradas entre ellos dos son como ese aire fresco que entra en casa al abrir las ventanas por la mañana, con perfume a tierra, lluvia y sol.

En una ocasión, él estuvo muy enfermo a causa de una neumonía. Yo era tan pequeña que no entendía por qué no se levantaba. Mi madre nos decía que había cogido un resfriado fuerte con un poco de fiebre. Nosotros sabíamos que estaba muy malo porque no respondía a la suave voz de mi madre cuando le hablaba. Nos escondíamos en la escalera y la veíamos secándose las lágrimas y tapándose la boca para que no la oyéramos llorar. Pensábamos que mi padre iba a morir pero no fue así. Después de un mes, aún desganado y sin fuerza, empezó a trabajar.

Pero ¡ah!, ahora es mi madre la que está enferma. Su corazón, su órgano más imprescindible, está dañado, muy dañado. Mi padre nunca la ha visto postrada durante tantos días. Ella siempre va de aquí para allá. Pero, sus movimientos se han hecho más lentos y todo le supone un gran esfuerzo. El cansancio es creciente.

¡Ese corazón cansado que no la deja ni tomar un profundo soplo! Ahora, cuando respira, es como si sorbiera sopa muy caliente. Sólo un sorbito pequeño, muy pequeño porque “se quema”.

Se despierta y pide agua susurrando. Después de algún tiempo enferma, la entendemos simplemente con que haga un gesto. Mi hermano se acerca corriendo a besarla porque nos vamos al cole. Mi padre va a la cocina a por el vaso de agua y susurra su nombre mientras le ayuda a beber.

De camino al colegio, no puedo evitar soñar con la idea de un trasplante. ¡Qué bonito sería volverla a ver de aquí para allí en casa! ¡Qué estupendo sería oírle decir que no quiere que se repita lo que hemos hecho! Mi joven mente imagina el futuro con ella y envejecer juntas. Estoy segura que esos doctores podrán hacer un hueco para operarla, aunque vivamos muy lejos de ellos y no tengamos mucho dinero, aunque…

Y así llego al colegio, un poco despistada y sin darme cuenta de que mi hermano se me ha adelantado y ya está dentro. En clase he escrito una carta a esos doctores de Barcelona y la he enviado a su clínica. Estoy segura de que nos ayudarán. Les he explicado con todo detalle cómo es mi madre para que la conozcan. ¡Aunque todo es tan raro! Resulta extraño pensar en lo difícil que tiene que ser cambiar un corazón. He estudiado todo eso de las venas y los capilares, las aurículas y demás, en el instituto. He pensado en tantas cosas, he decidido estudiar medicina por si necesita otro trasplante. Pero en la vuelta a casa, he pensado que ver sangre a todas horas no va conmigo. Si se pudiera operar sin necesidad de verla...

Al volver a casa, mi padre está preparando la cena. Se ha quedado todo el día con mi madre. Él nunca cocina pero mi madre ya le ha enseñado algunas recetas por si acaso. Ese “por si acaso” me duele tanto. Mi madre sólo tiene treinta y seis años. Cuando yo era más pequeña, una persona con esa edad me habría parecido vieja. Los milagros existen y ella es joven, es muy joven. Todo se solucionará.

- La comida ya está preparada. Pon la mesa -me dice mi padre.

Mi hermano y yo comemos juntos, pero mi padre dice que él aún no tiene hambre y se va con mamá. Le pone trapos mojados en la frente y habla con ella. En realidad, habla solo porque ella no contesta. Algunas veces, creo que se gira para secarse algunas lágrimas sin que le veamos. Ya no puedo seguir comiendo pero he de hacerlo porque mi padre no quiere que deje solo a mi hermano a la mesa.

¡Ah! No le he comentado lo de la carta a los doctores. Quiero contárselo pero me dice que me espere y me hace un gesto de silencio. Debemos terminar de comer e irnos a dormir de inmediato. No sé exactamente lo que pasa por su cabeza porque sonríe con ternura a mi madre e inmediatamente, se levanta enfadado y suelta un taco. Eso no lo haría si mi madre le estuviera oyendo. Los tacos están prohibidos en casa. Se le ve muy enfadado cuando nos vamos a la cama, y ¡tan cansado!

Aprovecho un momento para decirle con una sola frase que he enviado la carta a los doctores y le pregunto:

- ¿Crees que la curarán?

Él mira al suelo, luego hacia arriba, y me dice acariciándome:

- Tal vez, pero vete a dormir.

Nunca he visto a mi padre tan triste. Ni siquiera cuando aquello de la neumonía. Lo he abrazado fuerte. Nunca olvidaré esta fecha, 8 de mayo de 1984.

Me voy a la cama pero no puedo conciliar el sueño. Pienso en todas las cosas pequeñas que he hecho con mi madre hasta ahora. Me ha enseñado muchas cosas. Ella ha estado siempre con nosotros, nos ha curado, nos ha acompañado al colegio, me ha enseñado a hacer bizcocho de chocolate, ¡qué me encanta! Todavía tiene que enseñarme tantas cosas. Hoy vi al médico al salir del colegio y me dijo que lo del trasplante es una gran oportunidad para los enfermos de corazón. Por sus palabras, he entendido que puede ser tarde para nosotros. Eso me altera. No puedo compartir mi inquietud ni con mi padre ni con mi hermano. 
Ahora me vienen a la cabeza tantas cosas. Bebo agua y me acuerdo cuando tomé un día un traguito de vino de la bota porque pensaba que era agua. Yo tenía entonces unos tres años. Mi  madre me ensenó también a beber sin prisas. Siempre me ponía chorreando. “Tener calma es muy importante”, me ha dicho siempre. Espero poder dormirme pronto.

Aún es de noche, me despierto porque se oye algo de ruido, pasos y hablar por teléfono. Mi padre está muy nervioso. Silencio. Sollozos.

Han transcurrido algunos años más y, de nuevo, me acuerdo de la carta que escribió mi padre y que comenzaba “Mi querida Julia”. Ella nunca la leyó. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario