Tusitalas en ahora escueladescritura.com

NOS HEMOS TRASLADADO A www.escueladescritura.com

TUSITALAS.ORG

CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

miércoles, 23 de julio de 2014

EL BOSQUE DE LAS SONRISAS, de MATILDE HUERTAS

Una nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. El bosque de las sonrisas, relato de Matilde Huertas.

Como dijo Val Ríos, descendiente de combatientes del ejército estadounidense, cuyo anfibio camión se hundió en el Lago Garda cuando les pilló una tormenta y se ahogaron “los accidentes son parte de la guerra”. Así también me decía mi madre mirándome con amor, acariciando las huellas de las quemaduras y tocando mis ojitos ciegos, secuelas que me quedaron de uno de los bombardeos.

    
Por fin llegó la esperada calma cuando cerca del pueblo, y del Lago di Como, murió ajusticiado por partisanos comunistas, el dictador y líder fascista Benito Mussolini, cuando pretendía huir a Suiza. Aún quedaban por allí restos de tanques y avionetas de guerra, alguna asomaba por encima del agua del lago, como testigos mudos pero expresivos de tanto horror y tragedias. Y aunque a los niños del lugar les gustaba subirse en ellos para jugar a la guerra, yo no era uno de ellos. La guerra me quitó también mucho: a mi querido padre, que se llevó a su vez mi infancia con él y me dejó lleno de miedo, un temor irracional me dominaba. Le parecería imposible, a quien pueda ahora contemplar la belleza del paisaje de ese tranquilo lago, y aquellas altas montañas nevadas rodeadas de bosques desprendiendo tan hermosa sensación de paz, que hubiesen podido ser testigo de tanta destrucción.    
    
Crecí y, aunque no podía ver, iba a la escuela y era un alumno aplicado, siempre tuve una memoria prodigiosa y podía recordar con facilidad los textos al escucharlos. Había heredado de mi padre esa cualidad así como su afición por la música. No en vano fue el director de la banda municipal. También heredé su armónica y su violín. Yo quería estudiar pero sentía a menudo una gran congoja en mi corazón y creía que no podría volver a reír, por eso prefería no jugar con mis compañeros Esto, junto a mi ceguera y aspecto, me fue dando fama de raro y provocó sus burlas constantes que para mí eran tan áridas como un cepillo duro que barriera en una herida, y me hacían sentir gran dolor y temor.

Regresaba cada día a casa solo. Me conocía bien el camino, no quedaba demasiado lejos. Llevaba un bastoncillo que me ayudaba a reconocer el lugar donde pisaba, pero hubo un día en que tenía un presentimiento raro. Ladraba mucho el perrillo que iba a buscarme y ello me puso nervioso. Así que acelere el paso olvidándome de usar el bastón. De pronto mis pies tropezaron con algo desconocido y pude sentir como caía en un hoyo.
Recordé aquel horroroso día en que perdí la visión y grité. Entre mis gritos de terror se podían escuchar las risas y las burlas de los niños, que me llamaban “el quemao”. Mientras subía en ellos el grado de exaltación, que se contagiaba de unos a otros. Me tiraban piedras y escupían, y yo estaba cada vez más atemorizado. Era tanto mi pavor que no podía moverme. Los niños lo tomaron por cobardía y me mostraron más desprecio.                                                          



Una de las piedras me dio en la cabeza y perdí el conocimiento. Al verme caer debieron huir todos despavoridos y escuché que alguno decía: “lo hemos matado”. Y al tardar tanto en llegar a mi casa, salió mi madre a buscarme y no quiero ni contar el lío que se armó en el pueblo cuando ella empezó a gritar al verme dentro del hoyo. Estaba desmayado aún, lleno el cuerpo de morados y una brecha ensangrentada de unos siete centímetros coronaba mi cabeza. Ella decía: “Bribones, cobardes, ¿qué le han hecho a mi Marcelo?”

 Hubo aquel día peleas y regañeras, y más de una paliza, que le dieron los padres a sus hijos. Me recuperé de mi magulladuras y heridas muy bien, pero aumentó mi herida emocional, porque viví este suceso como una humillación y desprecio. Me sentía más vulnerable, entre la ceguera y el miedo, lo que provocó que no me sintiera seguro entre la gente y no consentí dejarme convencer, por nada ni por nadie, de volver a ir a la escuela. Mi madre tampoco quiso obligarme y se ponía de mal talante cuando alguien se permitía decirle lo bueno que era para mí seguir estudiando. Ni siquiera consintió dejar que le hablaran de ello ni al maestro ni al cura, así que prefirieron dejarme a mi aire antes que escuchar sus quejas.

Cerca del lago, y de mi casa, no a mucha distancia del pueblo, se encontraba uno de los bosques de pinares más frondosos, con multitud de aves y hasta ciervos y jabalíes. Ir allí empezó a ser mi principal ocupación. Me gustaba especialmente subirme a un alto árbol que había crecido conmigo. Me hacía añorar cuando siendo un niño pequeño lo tenía por escondite, y subido en él, mi padre me buscaba mientras fingía no encontrarme. Sea por estos recuerdos hermosos para mí, o porque al traer a la memoria su imagen podía sentir de nuevo la seguridad que su presencia me producía, fue que apartado de todos y en mi refugio, como le llamaba, encontré mi lugar preferido donde pasaba cada día muchas horas.

Me gustaba escuchar los sonidos producidos por la brisa o el viento, por la lluvia que caía sobre las hojas, o las aves, cada especie tan distinta, unas con sus graznidos, o con sus cantos melodiosos y dulces otras. Podía escuchar cada día cantos de distintos grillos y cigarra. En aquel silencio se notaba hasta el deslizarse de los caracoles y los meneos nerviosos de las lagartijas, y los memorizaba con exactitud archivándolos estos sonidos en conjuntos a los que iba dándole nombres distintos. Y era allí de este modo como me sentía feliz. Para un ciego es el oído su mejor aliado, el modo de conexión con el mundo exterior.

Decidí más adelante llevar conmigo la armónica y el violín, y trataba de reproducir estos conjuntos musicales que podía memorizar fielmente. Unas bellas y armoniosas melodías fueron surgiendo y eran, a mi parecer, composiciones hermosas, que tenían por único oyente a mi perro.

O así creía yo, pues pasaron años hasta que supe de la presencia de Rosana, y conocí cuántas horas pasó ella inadvertida a pesar de la finura de mi oído. Esta es su historia.

Ella era vecina del lugar, una niña de buena crianza. Desde muy pequeña estudió lenguaje musical y piano, y llegaría a ser una excelente pianista con el tiempo. Niña mimada, no admitía que le contradijeran. Rosana salió de casa un día muy enfadada con sus padres y lloraba. Se sentía tremendamente incomprendida. Marchó al bosque entre sollozos y gemidos pero algo le hizo callar de golpe. Melodías desconocidas para ella sonaban a lo lejos. Poco a poco se fue acercando casi sin respirar, no quería romper el encanto y la emoción que sentía.

Allí en un árbol a una altura considerable debió ver a un muchacho con su violín: “¡Oh, nunca había escuchado nada tan hermoso!” pensaría. Así que permaneció largo rato ensimismada. Miró el reloj y le dio un vuelco el corazón, sus padres estarían ansiosos: era hora de volver.

Este fue el principio de muchos otros ratos de oyente. No conforme con ello fue escribiendo las notas que escuchaba para poder también ejecutar tan bellas melodías para ella misma.

Cada día ensayaba y más tarde, en sus conciertos, incluía varias piezas en el programa que obtenían grandes éxitos.

Rosana fue grabada en uno de sus conciertos en un programa televisivo musical.

Aquel día yo me dispuse, como acostumbraba, para escuchar el programa musical y casi me desmayé de la sorpresa al escuchar las melodías que eran parte de mí y de mi vida, aquellas nacidas en el silencio del bosque. No lo podía entender, una mezcla de rabia e impotencia me hacía difícil respirar y sollocé con amargura.

Fue mi madre la que me socorrió una vez más y decidimos visitar a Rosana, pues sabíamos que era vecina del lugar. Mi sorpresa fue mayor al saber que había recogido y escrito durante años mis melodías y que sin saber que eran compuestas por mí, las hizo también suyas, pues tanto le gustaban.

Todo quedó en una hermosa amistad. A mí me pareció un sueño que alguien admirara tanto mi música, que hubiese recogido y escrito en partituras la totalidad de mi obra. El enfado se tornó en gratitud.

***


Hoy termino de cumplir mi gran sueño, al frente de una importante orquesta he dado a conocer mi música. Ha sido un importante estreno mi primer concierto, mi primera sinfonía: “El bosque de las sonrisas”. Un gran éxito que me ha hecho comprender la belleza de la vida y aceptar quien soy hoy. Gracias a las circunstancias, ahora tiene sentido lo vivido.

Ahora que llegue hasta aquí, me pregunté: ¿Si pudiera elegir y volviera a vivir, tomaría el camino que he recorrido y me ha hecho llegar aquí?


Sentir el orgullo de mi madre y su satisfacción deshizo toda duda. La mayor felicidad es sin duda, poder compensarle en algo toda su valiente lucha y su amor constante. Qué hermoso es poder hallar la cara amable de la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario