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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

sábado, 12 de julio de 2014

EL BARRIO DE LA ACEQUIA, de JORGE SANTISTEBAN

Otra entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de El barrio de la acequia, relato de Jorge Santisteban.


Sentado en el suelo, el joven americano balanceaba su cuerpo con un ritmo continuo, repetitivo. Entre cuatro paredes mullidas blancas que le acogían y apresaban a su vez. Pero eso, poco le importaba a él. Su mirada se diluía en mundos que le eran ajenos. Vestía una encorsetada camisa de fuerza. Las sujeciones de la cama no le servían de nada. Se volvía más agresivo si cabe, y se liberaba con facilidad. La celda de aislamiento era la opción más adecuada.

Tom, que así se llamaba, no era antes así. Fue un dinámico y responsable estudiante universitario de Erasmus, que, buscando el rumbo de su destino venidero, miró en el horizonte un aleteante signo en un país extranjero. España. Y más concreto, Granada. Sus padres quisieron quitarle de la cabeza semejante idea; en la patria de barras y estrellas no faltaban universidades para sus inquietas prioridades. Pero él, como dicen en tierras íberas, era burro de un solo pilón. Siempre conseguía no sin obstinación, su más ansiado deseo: Facultad de Bellas Artes en la capital nazarí.






Llegó hace ocho meses. Dos empleó para buscar piso, seis desde que comenzó el curso. Él solo se las arreglaría. De este modo, aludía y eludía el opresivo yugo que le colocaban sus padres; libertad y aire para respirar. Era hijo único. Fue Pete, en el barullo del tablón de anuncios de la facultad, quien le propuso instalarse en un piso que compartía con otros, y con quien entabló una buena amistad. Por cierto, bastante alejado ese alojamiento del centro de estudios. En la entrada del barrio del Zaidín – un chollo tío, un verdadero chollo – le decía su inseparable amigo fiel. El inmueble se ubicaba en un conjunto de casas de protección oficial de tres plantas, que databan de mediados de los cincuenta del siglo pasado. El propietario, vio más beneficio sacarle tajada y no menos perjuicio alquilar el viejo piso a jóvenes. A condición de pagarle mensualmente, y cuidarlo como era debido. Estudiantes, sí. Pero no de los más temidos; puertas rotas, piso derruido.

Con Järgen y Georges, reunidos en aquel piso, parecían los tres mosqueteros. Jóvenes, aunque no insensatos. La diversión dosificada, de esa no se privaban ni un rato. Así se establecía el renovado trato- el del inmueble y el que establecían entre ellos. Si estuviese privado Tom de su amigo y referente, Pete, de sonrisa franca, el prototipo australiano surfero, estaría irremediablemente perdido en su país anhelado.



Fue una mañana,  tras una noche de juerga, cuando se iniciaron extraños acontecimientos a su alrededor. Fue a partir de ese instante que todo cambiaría. Llamadas de teléfono, tanto en el piso, como fuera de él. Ruidos en el techo. Música a toda voz a deshoras. Y para añadidura, le seguía y miraba gente con extraño semblante que él no conocía. Sin embargo, le mortificaban todos esos hechos. ¿Por qué a él? ¿Y esa grieta del edificio que se percató en cierta ocasión, en el momento que se fue a hacer running? Nada tenía sentido para aquel joven  y responsable americano.

Celebraban una mini fiesta en el piso, en compañía de una chica de Järgen -una de tantas que pasaban por su cama-, que fue invitada. Fue ella la que daría al joven americano la clave primordial de lo que estaba sucediendo. En determinado momento de la velada, Järgen el escandinavo, ya bastante ebrio, la acusó de ser una bruja, no como simple insulto, sino como referencia a esas “tías raras” que creen y viven de lo paranormal. La provocó, y esta, herida, le respondió que haría un ritual. Y que al realizarlo, que nadie pidiera la más mínima explicación. Así se hizo. Alice, que se llamaba la joven, comenzó a hablar:

-         En este lugar, algo oculto se intenta desvelar… En uno de vosotros, ha centrado su interés… - y señaló precisamente a Tom. Se sorprendieron todos los demás, incluido él-. Es a ti a quien ha elegido. Las paredes de este lugar, sus moradores, guardan un terrible y temible secreto. Espúreo, sibilino. Un trágico acontecimiento. Y hay quiénes, prefieren salvaguardarlo a toda costa, a todo precio… Creen que les exponemos en serio peligro. Odio, envidia, oportunismo y secretismo manifestados en clandestinas reuniones de condimentadas conversaciones. Juegan al antiguo juego del ruido y del silencio. Viles víboras cobardicas –hizo un profundo suspiró–. Sus faltas, pecados y responsabilidades no las asumen como la gente corriente y de buena fe. Intereses pusilánimes, oscuros, los incentivan a cometerlos. Y el cerco, poco a poco se cierra, y a su vez, se va sellando. Tom, tú no fuiste el primero. Hay quienes con rotunda sentencia, les daña la sola existencia de esa pareja de figuras chinas

Por más que le pidieron explicaciones Pete y los demás, ella se negó en rotundo a responder. Sólo el joven americano reconocía de lo que estaba hablando. En sus pesadillas, aquellas citadas figuras decorativas ya aparecían. La chica prosiguió:

- Pero estas, a pesar del tiempo y lo sucedido, aguantan, resisten y persisten como la roca al agua y al viento; se moldea y se socava, pero jamás se rinde. El Mal, la ponzoña se anida y se nutre, se agazapa…como una alimaña que aguarda a su presa, hasta capturarla…y entonces inocular su inicuo veneno. No. También hay otro mal fuera, en la calle. En el subsuelo. El agua hace tiempo que se ha estancado. Se ha corrompido. Su mal inclusive se ha añadido, y como amplificador nutre y apoya al ya existente entre ellos…Una grieta se está abriendo camino en el edificio, gruesa. Como un cáncer se va expandiendo; enferma y sentencia el lugar y a quienes lo habitan, aún más… Se encuentra en la acequia bajo estos terrenos. El agua debe circular para ser portadora de vida, fluir sin obstáculos. Estas, en cambio están turbias, sucias. Sendas iniquidades son retroactivas y van a por ti, Tom… Esas aguas y sus moradores son jueces, verdugos e instigadores. Aléjate de aquí cuanto antes. Tu vida, está en grave peligro. Ellos asumen su mal. Tú, aún puedes cambiarlo.


El joven americano comprobó a primera hora de la mañana que lo que decía la chica era cierto; la grieta provenía de la tapa del alcantarillado del asfalto que recorría la calle del inmueble. Alguien, desde el bar de la esquina, le comunica a otra persona de lo que el chico está haciendo. Después tuvo una fuerte discusión con Pete, quien le recriminó su extraña conducta, y que había avisado a sus padres, sin su consentimiento. El resto del día, tensión y silencio, únicamente roto por Tom: “Sé lo que tengo que hacer, y lo haré…”

Pete recuerda con absoluta devoción, cuando días después, él en compañía de Georges, Järgen y unos cuantos agentes de paisano, aguardaban en la estación de autobuses a los padres del insensato joven. Su amigo fiel, rememora el día en el que Tom asesinó a un hombre, en el piso en el que vivían.

Al día siguiente de la bronca, se extrañó el australiano que Tom no fuese a clase. Por la tarde, había en la calle del inmueble un gran revuelo de gente, policías, ambulancia. Järgen y Georges estaban allí, le contaron todo ante su incrédula emoción. El joven americano había matado al presidente de la comunidad con un cuchillo de cocina. El cuerpo estaba en el comedor. Encontraron a Tom, desnudo en la bañera, como un loco mortificado. No lejos de él, el arma homicida. La grieta, la acequia, el allanamiento de morada por parte de la víctima y el propietario, tomado a hurtadillas de la cocina el cuchillo, su fatal destino…

El cordón policial se levanta. Pueden sus compañeros de piso recoger sus enseres, el dueño del piso quería deshacerse de ellos. Sólo Georges y Pete acudieron juntos, el cínico de Järgen lo hizo horas antes. Les abrió la puerta el vecino de abajo. Del dueño nada quiso saber.

Hay un completo desorden de sus ropas en el suelo y en los muebles. Georges tiene fuerzas para hacer una agria crítica a la profesionalidad de los investigadores del caso. Pete, está desecho. El borrón de sangre del comedor, y la foto de todos ellos en su mesita de noche termina con su aniquilado ánimo. Trolleys deslizantes se marchan del piso. Frente a la puerta, Georges nota algo raro. El pestillo de apertura no es el mismo; lo han cambiado. Entonces, lo del allanamiento… En ese instante, cae sobre el techo de la entrada una pelota dura de plástico… Los jóvenes abandonan el fatídico lugar para siempre.


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