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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

martes, 29 de julio de 2014

MI QUERIDA JULIA, de CONCEPCIÓN SOTO

Otra nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Mi querida Julia, firmado por Concepción Soto.


3 de diciembre de 2007. Acabo de leer en el periódico: “40 años del primer trasplante de corazón”. Gloriosos momentos aquellos en los que Christian Barnard, de 45 años de edad, realizó la gran hazaña por primera vez en el mundo. Su paciente fue Louis Washkansky. Tenía cincuenta y cinco o cincuenta y seis años, era natural de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y padecía una miocardiopatía. El prodigio se hizo realidad y este hombre sobrevivió a la operación. Murió dieciocho días más tarde.

Este breve tiempo fue, sin duda, como ganar un pulso a la vida, a la naturaleza. Sin ánimo de molestar a los creyentes, fue como un auténtico pulso a la creación y al mismo Dios. La tenacidad humana y científica ha permitido a muchas personas sobrepasar ese límite que marcaba su destino.

Antes, otros lo intentaron: Norman Shumway y Richard Lower. Ellos realizaron operaciones similares con animales. El éxito no les acompañó debido al rechazo inmunológico, al riesgo de infecciones y a una técnica que era sólo un esbozo de lo que luego ha llegado a ser.

En el siglo pasado, en los años ochenta, el desarrollo de la inmunosupresión fue no sólo un paso de gigante sino el de varios gigantes a la vez. Por ello, yo misma soy donante de órganos. Intento olvidar el hecho de que muchas personas han tenido que servir de campo de pruebas para poder avanzar.

Hablar de las segundas oportunidades, y concluir que la vida es injusta, muchas veces va unido. Lo es especialmente para quien ha querido creer en sus posibilidades, en su fortaleza física y mental y en la técnica quirúrgica para conseguir ese tiempo extra de vida.

Todo esto me hace volver a ese día en el que el milagro se hace posible de nuevo y la prensa da la noticia: “Hoy, 8 de mayo de 1984, los cirujanos Josep María Caralps y Josep Oriol Boní realizaron en el Hospital San Pablo de Barcelona el primer trasplante de corazón con resultados positivos.”

Mi padre se levanta muy cansado; o mejor dicho, se incorpora de aquello que sólo ha sido una cabezada. Le duele todo el cuerpo porque ha estado velando la salud de mi madre toda la noche. Después de besarla y de tomar un café caliente, ha salido a recibir a mi tío Roberto. Él nos visita todos los días, trae el periódico y charla un ratito con mi padre. Después va a su trabajo. A continuación, normalmente, mi padre sale para trabajar en el campo, pero hoy no. Hoy ha abierto el periódico y ha leído esta noticia. Por mi juventud, no soy consciente de que un trasplante sea nuestra única esperanza en estos momentos.

- Lo que sorprende es que esto se haya hecho ya en España -comenta mi padre.

Mi hermano y yo damos saltos de alegría al oír la noticia. Después rompo a llorar porque veo a mi madre tan malita. Mi hermano sigue dando saltos por la habitación hasta que mi padre le dice: “Ya está bien. ¡Para! No molestes a mamá”.




Nada más aparecer el primer rayo de luz, ella abre sus ojos y esboza una sonrisa y nos saluda con un “buenos días”. Un saludo suave, casi imperceptible debido a su enfermedad. Mi padre se acerca, la besa en la mejilla y en la mano. La acaricia con esa ternura que emana su mano al tocarle. Parece imposible que un hombre tan curtido por el sol, que dedica tantas horas al campo, sea tan dulce, tan amoroso y tan cálido en algunos de sus gestos.

El día amanece soleado en mi pequeño pueblo en la Vega granadina. Sierra Nevada luce, como siempre, majestuosa. Sus rocas y tierra oscura contrastan con el blanco brillante de la nieve. Adorna este suculento pastel un cielo azul y alguna pequeña nube a modo de dulce de caramelo que le sirve de corona.

En el huerto la vida surge y crece cada día. Acabamos de plantar las patatas. Este año, el clima aconseja ponerlas ya; eso es lo que dice mi padre. El año pasado tuvimos que retrasarlas porque, por estas mismas fechas, hacía un frío que pelaba. Mi padre siempre comenta que, en esto del cultivo, también nos la jugamos cada año y que invertir en el campo es arriesgar porque nunca se sabe si todo irá bien. Sólo con un mal día, unas horas, a veces unos minutos de granizo, pueden truncar toda la frondosidad y fresca vida, y el fruto nuevo se convierte en un despojo.

En 2007, habiendo llegado ya a la edad adulta, volver a contemplar toda esta vida naciente hace florecer en mí, al mismo tiempo, sentimientos contrapuestos. Me alegra pero siempre me recuerda y recordará este día de mayo de 1984 que fue tan esperanzador en algunos aspectos y tan decadente en otros. Pero, “invertir en la propia vida es seguir el impulso natural de sobrevivir”, eso se lo he oído decir a mi madre en alguna ocasión.

Siempre la hemos visto enérgica en todas sus órdenes y decisiones. De pequeños creíamos que ella era infalible porque siempre estaba tan segura de todo o, al menos, eso era lo que nosotros pensábamos.

Volviendo a ese mes de mayo, verla enferma y desvalida nos parece imposible. Incluso, estando ya en la cama, cualquier cosa que dice, al principio, nos parece una orden. Siempre que ella nos reprime por cualquier mala acción, nos mira y transforma esa suave sonrisa en un rostro malhumorado. Pero ese gesto duro se suaviza cuando mi padre la llama por su nombre: Julia.

Para mí, ella siempre ha sido como dos mujeres diferentes porque, cuando mi padre se le acerca, sus ojos le reciben lo más abiertos que pueden, y parece abrazarle con ellos. Hoy, las comisuras de sus labios apenas se elevan para esbozar esa suave sonrisa. Para mi hermano y para mí, ese juego de su rostro, esos cambios, esa suave dulzura que siempre transmite hace que cualquier cosa sea incluso divertida. Al momento le preguntas por cualquier otra tema y, muy atenta, te escucha y te da explicaciones.

Mi padre, para esas cosas, es más serio. El siempre dice que ser “el hombre de la casa” implica muchas cosas: trabajar para poder dar de comer y vestir a su familia, para que sus hijos puedan estudiar, para ahorrar un poco por si el año próximo la cosecha viene muy mal, para intentar ahorrar dinero por si es necesario pagar los gastos de alguna enfermedad o algún imprevisto grave.



“Mi querida Julia”, así comienza la carta que mi padre escribe a mi madre, ese día. Él mismo se la leerá, más adelante. En ese momento, lo único que persigue al escribirla es liberar su rabia. Esa rabia se ve aumentada por la frustración y los nervios contenidos. Esos nervios que, como dos grandes manos, rodean su cuello y lo aprietan hasta que le parece que no será capaz de volver a inhalar aire, para mantener su cuerpo vivo.

Miro el periódico que está sobre la mesa y leo: “La medicina está dando pasos de gigante”. Unas líneas más abajo, se añade que se reparará casi cualquier órgano en el futuro. Verdad o mentira, sé que mi padre piensa que eso será así. Por eso se desespera. El quiere que todo se haga ahora mismo, ¡ya! y con éxito.

Mi padre es un hombre de fe inquebrantable, un consumado optimista al que se le iluminan los ojos, al ver sonreír a mi madre. Él la idolatra. Me parece imposible que una relación así pueda existir. Para mí, las miradas entre ellos dos son como ese aire fresco que entra en casa al abrir las ventanas por la mañana, con perfume a tierra, lluvia y sol.

En una ocasión, él estuvo muy enfermo a causa de una neumonía. Yo era tan pequeña que no entendía por qué no se levantaba. Mi madre nos decía que había cogido un resfriado fuerte con un poco de fiebre. Nosotros sabíamos que estaba muy malo porque no respondía a la suave voz de mi madre cuando le hablaba. Nos escondíamos en la escalera y la veíamos secándose las lágrimas y tapándose la boca para que no la oyéramos llorar. Pensábamos que mi padre iba a morir pero no fue así. Después de un mes, aún desganado y sin fuerza, empezó a trabajar.

Pero ¡ah!, ahora es mi madre la que está enferma. Su corazón, su órgano más imprescindible, está dañado, muy dañado. Mi padre nunca la ha visto postrada durante tantos días. Ella siempre va de aquí para allá. Pero, sus movimientos se han hecho más lentos y todo le supone un gran esfuerzo. El cansancio es creciente.

¡Ese corazón cansado que no la deja ni tomar un profundo soplo! Ahora, cuando respira, es como si sorbiera sopa muy caliente. Sólo un sorbito pequeño, muy pequeño porque “se quema”.

Se despierta y pide agua susurrando. Después de algún tiempo enferma, la entendemos simplemente con que haga un gesto. Mi hermano se acerca corriendo a besarla porque nos vamos al cole. Mi padre va a la cocina a por el vaso de agua y susurra su nombre mientras le ayuda a beber.

De camino al colegio, no puedo evitar soñar con la idea de un trasplante. ¡Qué bonito sería volverla a ver de aquí para allí en casa! ¡Qué estupendo sería oírle decir que no quiere que se repita lo que hemos hecho! Mi joven mente imagina el futuro con ella y envejecer juntas. Estoy segura que esos doctores podrán hacer un hueco para operarla, aunque vivamos muy lejos de ellos y no tengamos mucho dinero, aunque…

Y así llego al colegio, un poco despistada y sin darme cuenta de que mi hermano se me ha adelantado y ya está dentro. En clase he escrito una carta a esos doctores de Barcelona y la he enviado a su clínica. Estoy segura de que nos ayudarán. Les he explicado con todo detalle cómo es mi madre para que la conozcan. ¡Aunque todo es tan raro! Resulta extraño pensar en lo difícil que tiene que ser cambiar un corazón. He estudiado todo eso de las venas y los capilares, las aurículas y demás, en el instituto. He pensado en tantas cosas, he decidido estudiar medicina por si necesita otro trasplante. Pero en la vuelta a casa, he pensado que ver sangre a todas horas no va conmigo. Si se pudiera operar sin necesidad de verla...

Al volver a casa, mi padre está preparando la cena. Se ha quedado todo el día con mi madre. Él nunca cocina pero mi madre ya le ha enseñado algunas recetas por si acaso. Ese “por si acaso” me duele tanto. Mi madre sólo tiene treinta y seis años. Cuando yo era más pequeña, una persona con esa edad me habría parecido vieja. Los milagros existen y ella es joven, es muy joven. Todo se solucionará.

- La comida ya está preparada. Pon la mesa -me dice mi padre.

Mi hermano y yo comemos juntos, pero mi padre dice que él aún no tiene hambre y se va con mamá. Le pone trapos mojados en la frente y habla con ella. En realidad, habla solo porque ella no contesta. Algunas veces, creo que se gira para secarse algunas lágrimas sin que le veamos. Ya no puedo seguir comiendo pero he de hacerlo porque mi padre no quiere que deje solo a mi hermano a la mesa.

¡Ah! No le he comentado lo de la carta a los doctores. Quiero contárselo pero me dice que me espere y me hace un gesto de silencio. Debemos terminar de comer e irnos a dormir de inmediato. No sé exactamente lo que pasa por su cabeza porque sonríe con ternura a mi madre e inmediatamente, se levanta enfadado y suelta un taco. Eso no lo haría si mi madre le estuviera oyendo. Los tacos están prohibidos en casa. Se le ve muy enfadado cuando nos vamos a la cama, y ¡tan cansado!

Aprovecho un momento para decirle con una sola frase que he enviado la carta a los doctores y le pregunto:

- ¿Crees que la curarán?

Él mira al suelo, luego hacia arriba, y me dice acariciándome:

- Tal vez, pero vete a dormir.

Nunca he visto a mi padre tan triste. Ni siquiera cuando aquello de la neumonía. Lo he abrazado fuerte. Nunca olvidaré esta fecha, 8 de mayo de 1984.

Me voy a la cama pero no puedo conciliar el sueño. Pienso en todas las cosas pequeñas que he hecho con mi madre hasta ahora. Me ha enseñado muchas cosas. Ella ha estado siempre con nosotros, nos ha curado, nos ha acompañado al colegio, me ha enseñado a hacer bizcocho de chocolate, ¡qué me encanta! Todavía tiene que enseñarme tantas cosas. Hoy vi al médico al salir del colegio y me dijo que lo del trasplante es una gran oportunidad para los enfermos de corazón. Por sus palabras, he entendido que puede ser tarde para nosotros. Eso me altera. No puedo compartir mi inquietud ni con mi padre ni con mi hermano. 
Ahora me vienen a la cabeza tantas cosas. Bebo agua y me acuerdo cuando tomé un día un traguito de vino de la bota porque pensaba que era agua. Yo tenía entonces unos tres años. Mi  madre me ensenó también a beber sin prisas. Siempre me ponía chorreando. “Tener calma es muy importante”, me ha dicho siempre. Espero poder dormirme pronto.

Aún es de noche, me despierto porque se oye algo de ruido, pasos y hablar por teléfono. Mi padre está muy nervioso. Silencio. Sollozos.

Han transcurrido algunos años más y, de nuevo, me acuerdo de la carta que escribió mi padre y que comenzaba “Mi querida Julia”. Ella nunca la leyó. 

miércoles, 23 de julio de 2014

EL BOSQUE DE LAS SONRISAS, de MATILDE HUERTAS

Una nueva entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. El bosque de las sonrisas, relato de Matilde Huertas.

Como dijo Val Ríos, descendiente de combatientes del ejército estadounidense, cuyo anfibio camión se hundió en el Lago Garda cuando les pilló una tormenta y se ahogaron “los accidentes son parte de la guerra”. Así también me decía mi madre mirándome con amor, acariciando las huellas de las quemaduras y tocando mis ojitos ciegos, secuelas que me quedaron de uno de los bombardeos.

    
Por fin llegó la esperada calma cuando cerca del pueblo, y del Lago di Como, murió ajusticiado por partisanos comunistas, el dictador y líder fascista Benito Mussolini, cuando pretendía huir a Suiza. Aún quedaban por allí restos de tanques y avionetas de guerra, alguna asomaba por encima del agua del lago, como testigos mudos pero expresivos de tanto horror y tragedias. Y aunque a los niños del lugar les gustaba subirse en ellos para jugar a la guerra, yo no era uno de ellos. La guerra me quitó también mucho: a mi querido padre, que se llevó a su vez mi infancia con él y me dejó lleno de miedo, un temor irracional me dominaba. Le parecería imposible, a quien pueda ahora contemplar la belleza del paisaje de ese tranquilo lago, y aquellas altas montañas nevadas rodeadas de bosques desprendiendo tan hermosa sensación de paz, que hubiesen podido ser testigo de tanta destrucción.    
    
Crecí y, aunque no podía ver, iba a la escuela y era un alumno aplicado, siempre tuve una memoria prodigiosa y podía recordar con facilidad los textos al escucharlos. Había heredado de mi padre esa cualidad así como su afición por la música. No en vano fue el director de la banda municipal. También heredé su armónica y su violín. Yo quería estudiar pero sentía a menudo una gran congoja en mi corazón y creía que no podría volver a reír, por eso prefería no jugar con mis compañeros Esto, junto a mi ceguera y aspecto, me fue dando fama de raro y provocó sus burlas constantes que para mí eran tan áridas como un cepillo duro que barriera en una herida, y me hacían sentir gran dolor y temor.

Regresaba cada día a casa solo. Me conocía bien el camino, no quedaba demasiado lejos. Llevaba un bastoncillo que me ayudaba a reconocer el lugar donde pisaba, pero hubo un día en que tenía un presentimiento raro. Ladraba mucho el perrillo que iba a buscarme y ello me puso nervioso. Así que acelere el paso olvidándome de usar el bastón. De pronto mis pies tropezaron con algo desconocido y pude sentir como caía en un hoyo.
Recordé aquel horroroso día en que perdí la visión y grité. Entre mis gritos de terror se podían escuchar las risas y las burlas de los niños, que me llamaban “el quemao”. Mientras subía en ellos el grado de exaltación, que se contagiaba de unos a otros. Me tiraban piedras y escupían, y yo estaba cada vez más atemorizado. Era tanto mi pavor que no podía moverme. Los niños lo tomaron por cobardía y me mostraron más desprecio.                                                          



Una de las piedras me dio en la cabeza y perdí el conocimiento. Al verme caer debieron huir todos despavoridos y escuché que alguno decía: “lo hemos matado”. Y al tardar tanto en llegar a mi casa, salió mi madre a buscarme y no quiero ni contar el lío que se armó en el pueblo cuando ella empezó a gritar al verme dentro del hoyo. Estaba desmayado aún, lleno el cuerpo de morados y una brecha ensangrentada de unos siete centímetros coronaba mi cabeza. Ella decía: “Bribones, cobardes, ¿qué le han hecho a mi Marcelo?”

 Hubo aquel día peleas y regañeras, y más de una paliza, que le dieron los padres a sus hijos. Me recuperé de mi magulladuras y heridas muy bien, pero aumentó mi herida emocional, porque viví este suceso como una humillación y desprecio. Me sentía más vulnerable, entre la ceguera y el miedo, lo que provocó que no me sintiera seguro entre la gente y no consentí dejarme convencer, por nada ni por nadie, de volver a ir a la escuela. Mi madre tampoco quiso obligarme y se ponía de mal talante cuando alguien se permitía decirle lo bueno que era para mí seguir estudiando. Ni siquiera consintió dejar que le hablaran de ello ni al maestro ni al cura, así que prefirieron dejarme a mi aire antes que escuchar sus quejas.

Cerca del lago, y de mi casa, no a mucha distancia del pueblo, se encontraba uno de los bosques de pinares más frondosos, con multitud de aves y hasta ciervos y jabalíes. Ir allí empezó a ser mi principal ocupación. Me gustaba especialmente subirme a un alto árbol que había crecido conmigo. Me hacía añorar cuando siendo un niño pequeño lo tenía por escondite, y subido en él, mi padre me buscaba mientras fingía no encontrarme. Sea por estos recuerdos hermosos para mí, o porque al traer a la memoria su imagen podía sentir de nuevo la seguridad que su presencia me producía, fue que apartado de todos y en mi refugio, como le llamaba, encontré mi lugar preferido donde pasaba cada día muchas horas.

Me gustaba escuchar los sonidos producidos por la brisa o el viento, por la lluvia que caía sobre las hojas, o las aves, cada especie tan distinta, unas con sus graznidos, o con sus cantos melodiosos y dulces otras. Podía escuchar cada día cantos de distintos grillos y cigarra. En aquel silencio se notaba hasta el deslizarse de los caracoles y los meneos nerviosos de las lagartijas, y los memorizaba con exactitud archivándolos estos sonidos en conjuntos a los que iba dándole nombres distintos. Y era allí de este modo como me sentía feliz. Para un ciego es el oído su mejor aliado, el modo de conexión con el mundo exterior.

Decidí más adelante llevar conmigo la armónica y el violín, y trataba de reproducir estos conjuntos musicales que podía memorizar fielmente. Unas bellas y armoniosas melodías fueron surgiendo y eran, a mi parecer, composiciones hermosas, que tenían por único oyente a mi perro.

O así creía yo, pues pasaron años hasta que supe de la presencia de Rosana, y conocí cuántas horas pasó ella inadvertida a pesar de la finura de mi oído. Esta es su historia.

Ella era vecina del lugar, una niña de buena crianza. Desde muy pequeña estudió lenguaje musical y piano, y llegaría a ser una excelente pianista con el tiempo. Niña mimada, no admitía que le contradijeran. Rosana salió de casa un día muy enfadada con sus padres y lloraba. Se sentía tremendamente incomprendida. Marchó al bosque entre sollozos y gemidos pero algo le hizo callar de golpe. Melodías desconocidas para ella sonaban a lo lejos. Poco a poco se fue acercando casi sin respirar, no quería romper el encanto y la emoción que sentía.

Allí en un árbol a una altura considerable debió ver a un muchacho con su violín: “¡Oh, nunca había escuchado nada tan hermoso!” pensaría. Así que permaneció largo rato ensimismada. Miró el reloj y le dio un vuelco el corazón, sus padres estarían ansiosos: era hora de volver.

Este fue el principio de muchos otros ratos de oyente. No conforme con ello fue escribiendo las notas que escuchaba para poder también ejecutar tan bellas melodías para ella misma.

Cada día ensayaba y más tarde, en sus conciertos, incluía varias piezas en el programa que obtenían grandes éxitos.

Rosana fue grabada en uno de sus conciertos en un programa televisivo musical.

Aquel día yo me dispuse, como acostumbraba, para escuchar el programa musical y casi me desmayé de la sorpresa al escuchar las melodías que eran parte de mí y de mi vida, aquellas nacidas en el silencio del bosque. No lo podía entender, una mezcla de rabia e impotencia me hacía difícil respirar y sollocé con amargura.

Fue mi madre la que me socorrió una vez más y decidimos visitar a Rosana, pues sabíamos que era vecina del lugar. Mi sorpresa fue mayor al saber que había recogido y escrito durante años mis melodías y que sin saber que eran compuestas por mí, las hizo también suyas, pues tanto le gustaban.

Todo quedó en una hermosa amistad. A mí me pareció un sueño que alguien admirara tanto mi música, que hubiese recogido y escrito en partituras la totalidad de mi obra. El enfado se tornó en gratitud.

***


Hoy termino de cumplir mi gran sueño, al frente de una importante orquesta he dado a conocer mi música. Ha sido un importante estreno mi primer concierto, mi primera sinfonía: “El bosque de las sonrisas”. Un gran éxito que me ha hecho comprender la belleza de la vida y aceptar quien soy hoy. Gracias a las circunstancias, ahora tiene sentido lo vivido.

Ahora que llegue hasta aquí, me pregunté: ¿Si pudiera elegir y volviera a vivir, tomaría el camino que he recorrido y me ha hecho llegar aquí?


Sentir el orgullo de mi madre y su satisfacción deshizo toda duda. La mayor felicidad es sin duda, poder compensarle en algo toda su valiente lucha y su amor constante. Qué hermoso es poder hallar la cara amable de la vida.

miércoles, 16 de julio de 2014

LA LLAVE Y LA MANO, de JUAN IGNACIO PÉREZ RODRÍGUEZ

Es el turno de nuestro compañero más veterano, y más constante, Juan Ignacio Pérez Rodríguez nos ofrece una historia de tiempo y amor a la tierra en La Llave y la Mano, fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada.





Aquel día amaneció de forma distinta a los anteriores. Aunque despejado, era extremadamente frío. Los ruidos de la guerra habían desaparecido, pero quedaba una tensión que se palpaba en el ambiente. Grupos de soldados se movían en formación por los alrededores de la ciudad dirigiéndose a distintos puntos estratégicos de la misma; eran soldados de Castilla, encabezados por sus jefes, muchos de los cuales ostentaban importantes cargos nobiliarios que se manifestaban por medio de los pendones que desfilaban en primer lugar de los destacamentos.

La presencia intimidatoria de estas tropas infundía en el pueblo un estado de inquietud, podía moverse por las calles de la ciudad, aunque procuraba no coincidir con los movimientos militares que dominaban todo el casco delimitado por las murallas.

En el exterior de los muros, cerca de una antigua naumaquia y un morabito que miraba al río Genil, dos grupos militares fueron tomando posiciones casi encontradas, dejando en el medio una zona embarrada que acusaba el paso de carruajes pesados cuyas rodadas habían quedado marcadas en el suelo. Era el margen del río, que fluía serenamente llevando las aguas del macizo montañoso de Xolair hacia las campiñas andaluzas, la Vega, el Guadalquivir.

Tras el río se alzaban las murallas que guardaban dentro la última ciudad de un reino nazarita, que se había mantenido durante dos siglos y medio defendiéndose de las acometidas de Castilla. Y al interior, el caserío, en el que se había refugiado la población musulmana de los últimos bastiones de Al-Ándalus. Sobre el caserío, de complicadas y laberínticas callejuelas, dominaba al paisaje urbano la fortaleza de la Alhambra, roja de óxidos en los paramentos de sus defensas y con su Torre de la Vela como si fuera una avanzadilla que otea el horizonte y avisa de los peligros.

Ismael se figuró que algo importante podría ocurrir. Él sabía que los reyes castellanos habían vencido el pulso a Muhamad XII —Boabdil, como se le conocía entre los castellanos—, y que la ciudad, símbolo de todo un reino, iba a ser entregada a las tropas cristianas que acampaban en Santa Fe. Él era un muchacho natural de Granada, bracero e hijo de braceros del campo, y sentía la curiosidad de todo lo que estaba ocurriendo. Verdaderamente era un testigo excepcional del final de una lucha secular que duraba casi 800 años, entre los cristianos y los musulmanes, aunque no era consciente del momento histórico que le había tocado vivir. Musulmán, había crecido en las costumbres de sus padres, en la fe del Islam, y no entendía que pudiera haber tanta diferencia entre las creencias de su pueblo y el de los demás pueblos de Al-Ándalus, Castilla, por decirlo en cristiano. Pero a sus 12 años no se planteaba nada más que enterarse de lo que los grupos militares presentes iban a realizar.

Efectivamente, pronto se incorporó al grupo de musulmanes un cortejo de caballería nazarita, capitaneado por el rey Muhamad XII, que montaba sobre un hermoso caballo de color negro, de pura raza árabe. Vestía humildemente un albornoz de color tierra oscura, sobre el que se movía, al compás del paso del caballo, una hermosa capa blanca. Su turbante era también blanco, y contrastaba profundamente con el moreno de su poblada barba. Sus ojos transmitían una sensación de hondo pesar, no conseguían mirar de frente y se dirigían insistentemente hacia el embarrado suelo del margen del río.

Pocos momentos después apareció, dando frente a los musulmanes, otro cortejo de caballería, a cuyo frente marchaban dos hermosos caballos de raza andaluza, uno de ellos de color bayo, profusamente adornado con gualdrapas de gran lujo, que era montado por el rey Fernando de Aragón. El caballo llevaba una protección en su cabeza como de armadura de guerra, y era sujetado por un joven paje armado con un puñal. El otro caballo era hermoso en su blancura, sujetadas sus riendas por un paje armado con un espadín, y era montado por la reina Isabel de Castilla, vestida con un lujoso terno sobre el que se desplegaba una vistosa capa con tiras bordadas en oro sobre el color verde del paño, cuyo reverso era blanco, y se replegaba sobre las ancas de la cabalgadura.

El rey Fernando vestía un sencillo traje de campaña rojo, y se tocaba con un gorro del mismo color, y portaba en sus manos el cetro. La reina lucía sobre su cabeza la corona de Castilla. Ambos miraban fija y cariñosamente al rey Muhamad XII; no había en sus gestos ningún ademán de vencedores, parecía que venían dispuestos a acoger al rey nazarita con los brazos abiertos.

Los dos monarcas eran flanqueados por unos reyes de armas vestidos de gran gala con dalmáticas en las que lucían los campos de los blasones de los reinos de Castilla, León, Aragón, de los que eran señores. Y detrás de ellos, desplegado, el pendón de Castilla, una cruz alzada como símbolo inequívoco de la fe que profesaban, y por fin, un nutrido grupo de nobles y militares que habían participado en la campaña bélica.

Ismael vio como el rey Muhamad XII, profundamente humillado, se acercó al rey Fernando y le hizo entrega de una llave, con la que podría abrir las puertas de la ciudad y de la Alhambra. Los reyes le dieron un abrazo, y lo despidieron, pues Boabdil, desde ese momento abandonaba la ciudad. Entonces, el sultán nazarita obligó con las riendas a su caballo a enfilar una ruta que lo alejaba de la ciudad y todo un cortejo de dignatarios de su corte, seguidos de un nutrido grupo de mulas que cargaban voluminosos fardos, siguieron los pasos de la cabalgadura del rendido monarca, dirigiéndose hacia el sur de la ciudad, camino de la costa.

Ismael había escuchado los comentarios de sus padres durante los días anteriores al de la rendición. Alguna representación de notables había sido recibida en audiencia por el sultán, acompañado de su visir. El pueblo estaba muy preocupado, la afluencia a la ciudad de los habitantes de las poblaciones de las plazas que habían ido cayendo en poder de los castellanos creaba problemas de todo tipo, el hacinamiento de las gentes era un motivo de insatisfacción. Entre ellos surgía la protesta y la petición de que los responsables hicieran una defensa a ultranza, que pidieran socorro a reinos musulmanes cercanos, que negociaran una capitulación defendiendo sus vidas y haciendas… Y sobre todo ello un mar de noticias confusas, que relacionaban las gestiones llevadas a cabo por el visir para conseguir un final de la contienda, del que los poderosos salieran ganando en la nueva situación, a costa de que el pueblo pagara las consecuencias. Y la sensación de que cada día que se retrasara la rendición era un mayor perjuicio para los granadinos.

Todo aquello creaba un estado de ánimo decaído, temeroso de que los vencedores hicieran uso de su fuerza y comenzaran el indeseable pillaje y las violaciones.

Pero ahora, entregada la ciudad por medio de una capitulación en la que los Reyes de Castilla se comprometían a respetar una serie de obligaciones con respecto a la población musulmana, el temor se transformaba en miedo a las presiones de carácter religioso, que se veía venir. Los rehenes, tomados para asegurar que las fuerzas de ocupación podían hacerse cargo de las posiciones reales y militares de la ciudad sin temor a reacciones populares contrarias, fueron devueltos desde el campamento de Santa Fe, cuando el ejército castellano consideró asegurada la posesión de la plaza e hizo ondear el pendón de Castilla sobre la Torre de la Vela de la Alhambra. Desde su casa del Albayzín, Ismael veía ondear airoso el pendón.






La marcha del sultán a unas propiedades en la Alpujarra, concedidas por Fernando e Isabel, que se produjo a raíz de la rendición, dejó en el aire la duda de si la comitiva portaba los tesoros de la casa real nazarí, pero que otra parte de los mismos había sido ocultada en cuevas de la montaña del Xolair, y desató la fiebre de la búsqueda de aquel oro escondido.

Los padres de Ismael comenzaron a vivir una angustiada existencia, acosados por la necesidad de dar un giro a sus creencias religiosas o tomar la decisión de exilarse al Magreb. La presión aumentó cuando se anunció el decreto de expulsión de los judíos, muchos de los cuales convivían con la población musulmana de Granada; los judíos eran obligados a optar entre bautizarse o emigrar a otros países que los aceptaran.

El arzobispo fray Hernando de Talavera, de la orden de los jerónimos, designado para ocupar la archidiócesis de Granada por los Reyes —de los que era su confesor—, promovió la transformación en parroquias de muchas mezquitas y comenzó una labor misionera de evangelización, llegando a componer un catecismo en lengua arábiga para uso de los catecúmenos islámicos. Su talante bondadoso, sin embargo, no consiguió movilizar muchas conversiones. En su momento, por mandato de los Reyes, recibió la visita del cardenal fray Francisco Ximénez de Cisneros, franciscano de gran prestigio, arzobispo de Toledo, para tratar con él sobre los métodos seguidos en las conversiones. Estudiando los prelados la situación, tomaron una decisión drástica: había que eliminar todos los libros del Corán que hubiese en el reino, y se organizó una monumental quema de libros en la Plaza de Bib-Rambla. Se dice que se recogieron más de un millón de libros árabes que, desgraciadamente, no todos serían ejemplares del Corán, por lo que se perdieron irremisiblemente muchas obras de la cultura hispano musulmana, al hacerlos pasto de las llamas. La decisión fue tomada para evitar que se volvieran a hacer copias del Corán, que es la base de la religión islámica. Una pérdida muy lamentable para la cultura en general. Algunos libros fueron salvados de la quema, pero fueron trasladados a Toledo, y reservados para consulta de autoridades católicas, por lo que localmente también se perdió una fuente de conocimientos.

La paz, sin embargo, no fue posible en la ciudad entre los antiguos moradores arábigos y los nuevos pobladores castellanos. Las medidas aplicadas fueron cada vez más exigentes con la población musulmana, a la que, poco a poco, se le fue rebajando sus derechos a la convivencia dentro de su fe. La mayor parte de los moros vivían en el Albayzín, e Ismael pudo vivir, desde muy cerca, el levantamiento que se produjo a causa de la intervención de un alguacil que trataba de dar cumplimiento a una detención de dos hermanos renegados. El pueblo se levantó en armas y aprovechó la ocasión para dar muerte al alguacil, que era especialmente odiado por el vecindario. Los levantados cerraron las calles que comunicaban con la población para que las tropas del capitán general designado para la gobernación del reino conquistado, don Íñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, no pudieran acceder a sus intrincadas callejuelas. Nombraron a cuarenta vecinos para que los gobernasen, pero como la resistencia de los levantados no les servía, pusiéronse en manos del Conde a los responsables.

El Conde aceptó su rendición condicionando a que dejaran sus haciendas a los que quisieran ser cristianos en esta tierra, conservar su indumentaria y lengua, retrasar la entrada de la Inquisición ciertos años y pagar tributos por cabeza de familia.

Las catequesis del arzobispo llegaron hasta Ismael y fue bautizado por el que llamaban gran alfaquí Talavera, como era conocido entre los moriscos. Ismael aprendió y dominó el idioma de Castilla y, con el tiempo, se convirtió en un traductor cuyos servicios eran muy apreciados para desentrañar las donaciones que figuraban en los habices de las antiguas mezquitas, pues en ellos quedaba constancia de numerosos datos de las propiedades de los anteriores habitantes de la capital.

Pero la vida en Granada se fue haciendo cada vez más difícil para sus antiguos habitantes, sobre todo si no se convertían y abandonaban sus costumbres y su lengua. Algunos decidieron huir al campo dando lugar a la formación de bandas de monfíes, salteadores de caminos, que provocaban una gran inseguridad en los desplazamientos y las labores agrícolas.

El año de 1500 se produjo una primera rebelión de los moriscos, que obligó al propio Rey Fernando a atacar el castillo de Lanjarón, que fue defendido por un terrible capitán negro con trescientos musulmanes escogidos. La intervención real obligó a la entrega de la guarnición. Los castellanos volaron la mezquita llena de rebeldes.

A causa de las quejas reiteradas de los cristianos viejos, los Reyes ordenaron a los moriscos abandonar la lengua arábiga, por lo que el comercio y la comunicación entre ellos se deterioró profundamente, les prohibió que tuvieran esclavos negros, que eran otra posible fuente de ingresos por los hijos que tuvieran, y se determinó que no usaran sus vestimentas tradicionales, sino la ropa castellana; que las mujeres llevaran el rostro descubierto y que mantuvieran sus casas abiertas permanentemente. También se suprimieron los baños públicos para su aseo, así como las celebraciones típicas de sus bodas, zambras o fiestas con canciones de su acervo lírico.

Todo ello determinó que el ánimo de los moriscos, convertidos o no, bautizados o no, se transformase en un sentimiento de venganza hacia los castellanos que trataban de destruir toda una forma de entender la vida, y fuera germinando un odio reconcentrado que algunos animaban, convenciendo a sus convecinos de que era posible una rebelión armada, que estaría apoyada por las fuerzas del Imperio turco. El desánimo cundió por todo el reino, haciéndose más sensible en la Vega y en las Alpujarras.

Aunque Ismael no llegó a conocer la rebelión, un hijo suyo, del mismo nombre, que siguió malviviendo en Granada y trabajando como bracero en el campo, fue testigo de una amplia conjura de la población morisca. Él continuó viviendo en el Albayzín, y percibió cómo sus vecinos moriscos fueron motivados por la petición que les hicieron al Rey, para construir un hospital para los cristianos nuevos. El Rey y el arzobispo autorizaron dicho hospital, que debía ser sufragado por los moriscos del reino, a cuyo fin designaron limosneros que, realmente al recorrer todos los pueblos recabando la prestación, llegaron a realizar un censo de las fuerzas que estaban dispuestas a levantarse. También se dio cuenta de que los convecinos se reunían en secreto y que comentaban las circunstancias en que los moriscos se veían reprimidos en sus usos y costumbres tradicionales.

Pero una conspiración tan amplia era muy difícil mantener en reserva y llegó hasta las autoridades  la noticia de lo que se estaba tramando, que era realizar un ataque sorpresa sobre la ciudad y la Alhambra en la Nochebuena del año 1568.

La rebelión total fue protagonizada por un veinticuatro del Ayuntamiento de Granada, Fernando de Válor, convertido del islamismo, que fue el elegido por sus paisanos como rey de los moriscos con el título de Aben Humeya, como descendiente de los califas cordobeses, y por tanto, del profeta Mahoma.

Aben Humeya nombró alguacil mayor a Farax Abenfarax el Negro, posiblemente el morisco de menor calidad pero el más fiero de todos, y lo envió —en connivencia con partidas de monfíes— a la Alpujarra para levantar a toda la población allí residente. El levantamiento se produjo con gran furia y los cristianos y las iglesias de los pueblos de Lanjarón, Órgiva, las tahas de Poqueira, Ferreira, Jubiles, Bérchules, Cádiar, Ugíjar… fueron violentamente dominados, saqueados; y cruelmente asesinados los sacerdotes y destruidas las parroquias. La guerra quedó totalmente declarada.

El Marqués de Mondéjar al frente de las tropas castellanas persiguió a los moriscos hasta el Puente de Tablate, donde las fuerzas de los cristianos se detuvieron al no conseguir cruzar el puente. Los sublevados se retiraron hasta Jubiles. Sin embargo las tropas del Marqués resolvieron el paso del Puente y los ejércitos reales se dedicaron a hostigar a los núcleos moriscos que se ocultaban en las fragosidades de la Sierra. Llegaron en esta persecución del ejército morisco hasta cerca de Jubiles.

Los moriscos se retiraron más, hacia Cádiar. Mondéjar penetró en Jubiles y capturó a la población, donde solo residían ya mujeres, ancianos y niños. Los soldados de Mondéjar, ávidos de botín, contrariados por la actitud del Marqués que ofreció el perdón si los moriscos se rendían y se entregaban, aprovecharon la noche para hacer una carnicería entre las mujeres, ancianos y niños, justificándose porque se suponía que los moriscos habían entrado al pueblo para liberarlos.

Las atrocidades se repitieron a cargo del ejército real y hasta la familia de Ismael llegaron las noticias más desconsoladoras por las acciones tan sangrientas que se produjeron sobre la población, a la que su posible carácter cristiano las convertía en objetivos de las intervenciones de las partidas de Aben Humeya. Los caminos se tornaron peligrosos, los campos fueron objeto de razzias destructoras o quedaron improductivos por la falta de brazos moriscos que los cultivaran, por lo que los alimentos comenzaron a escasear en todo el reino; la vida se hizo insoportable.

El rey destituyó a Mondéjar y nombró a Don Juan de Austria como General de los ejércitos cristianos empeñados en la lucha contra los sublevados. Don Juan de Austria coordinó a los grupos de ejército que operaban en Almería, bajo el mando del Marqués de los Vélez, y en Órgiva, bajo el mando del Duque de Sesa, e incluso el cuerpo que él mandaba, y que intervenía en el valle del Genil y en Galera.

El desaliento también llegó hasta las filas rebeldes. Aben Humeya fue objeto de una traición por parte de su lugarteniente Abén Aboo, que lo mató mientras dormía en Cádiar, en el año 1569. Su reinado fue efímero. Su sucesor, el traidor Abén Aboo fue también asesinado por sus propios hombres, con lo cual la desorganizada fuerza musulmana quedó virtualmente vencida y obligada a presentarse rendida, entregando sus armas en el campamento de Don Juan de Austria en el Padul.

El Rey Felipe II tomó la determinación de deportar a todos los insurgentes para sacarlos de las comarcas donde llevaban a cabo sus actividades rebeldes, y tuvieron que emigrar a otras zonas del reino, deshaciendo así las posibilidades de unión que habían tenido residiendo en el reino de Granada.

Ismael y su familia continuaron viviendo en Granada, ya que no habían participado en acciones de guerra, pero sufrieron un notable deterioro en su calidad de vida, porque los castellanos no cejaron en el empeño de liberarse de la población morisca, a pesar de que su condición de braceros era necesaria para los trabajos de la agricultura.

Felipe III decretó, al fin, en 1609, el destierro de España de toda la población morisca en condiciones infrahumanas.

Ismael malvendió su vieja casa del Albayzín. Fue un momento malo; se vendían muchas casas de moriscos que tenían que exilarse y los precios cayeron a valores de saldo. El comprador se aprovechó de la situación porque, además, el pago era en dinero metálico sin otra remisión, Con gran pesar tuvo que entregar aquella miserable vivienda para disponer de unos recursos que le permitieran un largo viaje. El comprador accedió a la casa el mismo día en que Ismael y sus familiares emprendían el viaje hacia el puerto de Almería, desde donde partirían al destierro.

Cuando la pequeña caravana cruzó el paso que ya se llamaba “el suspiro del moro”, no pudo resistir dirigir una lánguida mirada hacia el caserío, mientras su mano apretaba en el bolso la gran llave de hierro de la humilde  morada, y comprendió muy bien los sentimientos de Boabdil en aquel lugar.




En Melilla, a donde llegaron en una travesía del Mediterráneo, realizada en una miserable fusta, recibieron noticias de que muchos compatriotas suyos se habían encaminado hacia Fez. Sin dudarlo emprendieron la marcha hacia aquella ciudad y allí, trataron de orientarse visitando aquellos barrios perfumados por la hierbabuena, buscando hasta en las inmediaciones del río donde una floreciente y maloliente industria de los curtidos decoraba con inimaginables colores las pieles de animales muertos… Por fin, cerca de la mezquita de Qarauyine, consiguieron saber que los moriscos se habían dirigido al sur, hacia  los Songhay. Animados por las noticias recibidas en Fez, la decisión de viajar hacia la curva del Níger era firme, porque allí podía encontrar una acogida menos fría que en cualquier otra parte del Magreb. Los andalusíes que habían llegado allá eran como un rayo de esperanza que iluminaba tenue, pero firme, un futuro incierto.

Había que cruzar dos grandes territorios erizados de dificultades: la cordillera del Atlas y el desierto del Sáhara, a cual más peligroso para un grupo pequeño y desprovisto de medios suficientes para afrontar una expedición tan complicada. Pero Tombuctú era un importante centro caravanero, donde llegaban las que partían del Magreb y las que venían de Egipto e Ismael se enroló en una caravana para hacer el trayecto hasta el mismo centro de África, junto con otros musulmanes a los que les guiaba el mismo instinto conservador de buscar gentes de su misma cultura. Con gran esfuerzo consiguió ser admitido por los jefes de la caravana, invirtiendo para ello recursos con los que se había despedido de España.

Después de atravesar las tierras cultivadas de Fez, que les traía nostálgicos recuerdos de su Vega de Granada, al ir ascendiendo, les aparecieron las masas forestales de viejos cedros cubriendo grandes espacios de lomas y vaguadas de la cordillera. Las noches en al Atlas fueron de gran tensión. Y más arriba, la nieve de las altas cumbres, carentes de vegetación, que había hecho que leones, leopardos y hienas descendieran de sus guaridas buscando comida, y se acercaran sigilosamente al campamento que formó la expedición, tras numerosas revueltas por las pistas irreconocibles de la sierra, antes de llegar al puerto de los Cuervos. Allí sufrieron los embates de una ventisca que cambió el panorama serrano.

El descenso no fue menos arduo, hasta que llegaron a las llanuras inmensas de los arenales infinitos del desierto, en el que nada les servía de referencia, y donde sorprendentemente aparecían de vez en cuando pequeños grupos humanos que trataban de acercarse a la comitiva en busca de una compañía soñada por aquellos hombres solitarios. A veces, en el horizonte les aparecían, como estratificadas, agradables vegas, oasis y palmerales… pero no eran más que reverberaciones de los rayos del sol sobre las capas calientes de la arena, que producían espejismos a los que nunca se llegaba. Y la sensación agobiante de la sed permanente, que no podía calmarse.

Al cabo de un mes de duro caminar avistaron con gran alegría los palacios y los minaretes de Tombuctú, la “Meca del Sáhara”, o “la ciudad perdida del desierto”, como algunos la llaman. La ciudad era el punto de encuentro de todas las caravanas que procedían del norte y se encaminaban hacia la cuenca del Níger, transportando tejidos y productos manufacturados, después de una durísima travesía de un par de meses. Tombuctú era el más importante centro del comercio en la ruta de las caravanas y de los camelleros “tuaregs”, y estaba protegida por una poderosa muralla que defendía la capital del imperio songhai, con sus tres mezquitas y los palacios monumentales construidos en tierra. Allí se efectuaba el intercambio por marfil, sal, oro y productos exóticos de la zona. Sin embargo, la leyenda de que sus calles estaban enlosadas con placas de oro, que fue el sueño de muchos viajeros, se hizo una dura realidad para los viajeros andalusíes que llegaban a la ciudad: las calles ni siquiera estaban enlosadas, el barro inundaba la mayor parte de las rúas.

Pero aquella ciudad era el final de su viaje, y llegar a ella fue motivo de una gran alegría para todos los que provenían de la lejana Andalucía. Por fin, alcanzaban un merecido descanso en su largo peregrinar, y un lugar en el que su fe, sus creencias y sus costumbres eran respetados.

Porque a aquel pueblo, situado muy cerca de la Curva del Níger, ese gran río africano fuente de riqueza y de prosperidad, habían llegado, en 1325, un arquitecto granadino, Ishaq es-Saheli, para construir la mezquita Djinguereiber, llamada “La grande”, la más antigua de la ciudad; en mayo de 1468, el noble Ali ben Ziyad al-Qutí (que significa el Godo, porque era descendiente de Sara la Goda, nieta de Witiza, el último rey godo), procedente de Toledo, que llevaba consigo el mayor de sus tesoros, su biblioteca personal, que se conservaba; en 1513, un granadino, Hasan ben Muhammed al-Wazzan al-Fasi (Hasan, hijo de Mohamed el alamín de Fez), que realizó también la travesía del desierto hasta Tombuctú, y que dice de sí mismo “soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida inesperada travesía”, pues su periplo no sólo terminó allí, sino que continuó hasta Constantinopla y Roma (convertido al cristianismo fue conocido como León el Africano); un humilde muchacho de Cuevas de Almanzora, que cayó prisionero de una incursión turca, llamado Yuder Pachá, y que junto con otros trescientos cautivos fue vendido al sultán Abd-al-Malik de Marrakech, pero que se distinguió de tal manera en 1578 llegando a ser caid de Marrakech, y recibiendo la confianza del nuevo sultán Ahmed-al-Mansur para comandar una fuerza expedicionaria, en la que figuraban numerosos moriscos exilados andalusíes, con la que conquistó Tombuctú, la capital del imperio songhai, y se instaló allí con sus fuerzas en 1590, creando una notable comunidad de andaluces que todavía conservan en sus conversaciones muchas palabras castellanas.

Ismael y sus familiares, pues, no llegaron a un país donde iban a extrañar a sus gentes. Llegaron más bien a una especie de paraíso étnico en el que se iba a encontrar como en casa. Y encontraron a las gentes que buscaban, y se consolaron con ellas porque su desgracia era la misma, sus recuerdos los mismos, su rabia por haber perdido el paraíso en el que habían vivido la misma. Todo ello dio pie a la creación de una comunidad de personas que vivían los mismos problemas, que tenían la misma fe, aunque en muchos casos estaban desorientados porque habían pasado de una religión a otra por razones de supervivencia, sin haberse identificado realmente con ninguna. Pero, al menos, allí eran libres, nadie les pedía cuenta de sus formas de entender la trascendencia de la vida y de la muerte.

Bien es verdad que muchos de aquellos hombres tenían la satisfacción de haber librado una guerra y haber salido vencedores gracias a los cañones de Yuder Pachá, que fueron los verdaderos artífices de una desigual guerra de armas de fuego primitivas contras arcos y flechas más primitivas. Aquellos andalusíes se habían asentado en la Curva del Níger, que era otro lugar ideal para los agricultores.

A veces, nostálgicos, recordaban sus casas del Albayzín, y hasta enseñaban orgullosos las enormes llaves metálicas de las puertas de sus viviendas, que conservaban como un tesoro porque, decían, algún día se les permitiría volver a utilizarlas para abrir de nuevo sus antiguas residencias, un sueño que les servía para no perder una utópica esperanza.

La familia de Ismael se afincó definitivamente en Tombuctú, y fue pródiga en sus hijos,  que continuaron la tradición de sus mayores.







Otro Ismael, de aquella familia, ya en el siglo XX, consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Granada, donde pudo descubrir el solar de sus mayores e identificar la casa de sus abuelos en el Albayzín. La gran llave de aquella mansión fue como un talismán de su propiedad que le hizo encontrar muchos significados del sufrimiento de su pueblo.

Sintió la atracción por la Alhambra  y la aversión a la misma por lo que suponía de fracaso para su etnia. No entendía cómo sus antepasados habían sido tan torpes como para perder aquella ciudad que, después de 500 años, era capaz de presentar esa apariencia tan hermosa aun, a pesar de los muchos destrozos, que sabía que habían ocasionado los castellanos después de hacerse con ella. No concebía cómo era posible que, dentro de su aspecto exterior tosco del color rojo del barro, se encerrara una obra tan delicada como son los artesonados de los grandes salones, las decoraciones de alicatados, los mocárabes de las cúpulas, los atauriques con los paños de yeserías, su policromado y los múltiples escudos con el lema de los Alamares, y las inscripciones de los versos más inspirados de los más ilustres poetas arábigo-andaluces que decoran muchas paredes, convirtiéndolas en libros abiertos, todo ello producto de la sensibilidad de una raza, enriquecida por su unión con los andaluces, pero pobre por la situación política del reino, tan desasistido por otros poderes del mundo islámico. 

Un día se incorporó a un grupo de visitantes a los que guiaba una chica para visitar los palacios. Aunque se resistía a aceptar las indicaciones de la muchacha, siempre respetuosa con el arte hispano musulmán, poco a poco fue percibiendo algo que le hizo prestarle cada vez más atención. Cuando llegaron a la Puerta de la Justicia, la visión de la mano en el arco de entrada y la llave en la clave del dintel de la puerta, le hizo recordar que le había acompañado su antigua llave.

Aquella guía —Marian se llamaba— le produjo una extraña sensación, era simpática, sabía muchas cosas de la Alhambra, era respetuosa, era agradable… Volvió a incorporarse otro día al grupo de turistas que conducía ella, y volvió a disfrutar del monumento. Pero este día llevaba aquella llave. Cuando llegaron a la Puerta de la Justicia, la guía les explicó:

“Nos encontramos ante una de las puertas de entrada a la Alhambra; se trata de la Puerta llamada de la Justicia, nombre que realmente no fue el usado en la edad media. En los tiempos de la dominación nazarita la puerta era llamada Bib-al.Xarica, o Puerta de la Explanada.
Es una construcción monumental en la que vemos, adosada  a una poderosa torre de la muralla, la edificación que alberga la puerta de entrada al recinto, en el que se encuentra la casa real y la alcazaba defensora de la residencia de los reyes de Granada. Es una obra correspondiente a los tiempos del rey Yusuf I en 1348.
Presenta un gran hueco en forma de arco de herradura con recuadro de ladrillo y dintel con dovelas que, en su clave, nos muestra grabada una mano. La mano, según algunos investigadores, es un amuleto usado contra el mal de ojo; según otros es una especie de icono del Corán, ya que sus cinco dedos representan los cinco preceptos principales del Islam: creer en Dios, oración, limosna, ayuno y peregrinación a la Meca.
Tras este arco existe un espacio abierto que podía ser utilizado para la defensa de la puerta, ya que desde su parte superior era posible hostigar al enemigo que intentara acercarse. Posteriormente a este espacio se encuentra la puerta interior que cierra un arco de herradura formado por dovelas pétreas, y en la central del dintel que encierra el arco, aparece tallada la figura de una llave con cordón y borla colgante.
Este símbolo de la llave es muy característico del Reino nazarí de Granada. Algunos estudiosos creen que significa el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo, que está reservado a Mahoma en el Corán; o la representación de la sabiduría, que es la llave con la cual Dios abre los corazones de los creyentes y los prepara para recibir la verdadera fe.
Cuando atravesamos el umbral nos encontramos ante una especie de galería abovedada en triple recodo, como era habitual en todos los accesos a la fortaleza, y que da salida por el lado opuesto a otra puerta ya interior, bellamente decorada en su arrabá, que nos situará ya en el adarve de la muralla defensiva y en camino hacia la Plaza de los Aljibes, como se la denomina hoy pues en el siglo XV era prácticamente un foso que separaba la Alcazaba militar de la Casa Real, a la que se penetraba por la llamada Puerta del Vino.

Allí se despedía el grupo de visitantes. Ismael sintió la necesidad de manifestarse a Marian. Sacó la llave y se la mostró a la guía, explicándole toda la historia que había acumulada en aquella llave. Ella quedó maravillada de lo que oía, y con un gesto de veneración y respeto, alargó su mano para coger la llave y acariciarla…

«Cuando la mano alcance la llave se abrirán las puertas de los tesoros de la Alhambra», fue capaz Washington Irving de rastrear entre las leyendas de los vecinos que ocupaban en sus días el famoso monumento… Aquel fue el momento en el que a Ismael se le abrieron las puertas de los tesoros de la Alhambra, porque descubrió el tesoro personal de Marian, con la que inició una relación apasionada que culminó en la unión de sus almas.

sábado, 12 de julio de 2014

EL BARRIO DE LA ACEQUIA, de JORGE SANTISTEBAN

Otra entrega de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de El barrio de la acequia, relato de Jorge Santisteban.


Sentado en el suelo, el joven americano balanceaba su cuerpo con un ritmo continuo, repetitivo. Entre cuatro paredes mullidas blancas que le acogían y apresaban a su vez. Pero eso, poco le importaba a él. Su mirada se diluía en mundos que le eran ajenos. Vestía una encorsetada camisa de fuerza. Las sujeciones de la cama no le servían de nada. Se volvía más agresivo si cabe, y se liberaba con facilidad. La celda de aislamiento era la opción más adecuada.

Tom, que así se llamaba, no era antes así. Fue un dinámico y responsable estudiante universitario de Erasmus, que, buscando el rumbo de su destino venidero, miró en el horizonte un aleteante signo en un país extranjero. España. Y más concreto, Granada. Sus padres quisieron quitarle de la cabeza semejante idea; en la patria de barras y estrellas no faltaban universidades para sus inquietas prioridades. Pero él, como dicen en tierras íberas, era burro de un solo pilón. Siempre conseguía no sin obstinación, su más ansiado deseo: Facultad de Bellas Artes en la capital nazarí.






Llegó hace ocho meses. Dos empleó para buscar piso, seis desde que comenzó el curso. Él solo se las arreglaría. De este modo, aludía y eludía el opresivo yugo que le colocaban sus padres; libertad y aire para respirar. Era hijo único. Fue Pete, en el barullo del tablón de anuncios de la facultad, quien le propuso instalarse en un piso que compartía con otros, y con quien entabló una buena amistad. Por cierto, bastante alejado ese alojamiento del centro de estudios. En la entrada del barrio del Zaidín – un chollo tío, un verdadero chollo – le decía su inseparable amigo fiel. El inmueble se ubicaba en un conjunto de casas de protección oficial de tres plantas, que databan de mediados de los cincuenta del siglo pasado. El propietario, vio más beneficio sacarle tajada y no menos perjuicio alquilar el viejo piso a jóvenes. A condición de pagarle mensualmente, y cuidarlo como era debido. Estudiantes, sí. Pero no de los más temidos; puertas rotas, piso derruido.

Con Järgen y Georges, reunidos en aquel piso, parecían los tres mosqueteros. Jóvenes, aunque no insensatos. La diversión dosificada, de esa no se privaban ni un rato. Así se establecía el renovado trato- el del inmueble y el que establecían entre ellos. Si estuviese privado Tom de su amigo y referente, Pete, de sonrisa franca, el prototipo australiano surfero, estaría irremediablemente perdido en su país anhelado.



Fue una mañana,  tras una noche de juerga, cuando se iniciaron extraños acontecimientos a su alrededor. Fue a partir de ese instante que todo cambiaría. Llamadas de teléfono, tanto en el piso, como fuera de él. Ruidos en el techo. Música a toda voz a deshoras. Y para añadidura, le seguía y miraba gente con extraño semblante que él no conocía. Sin embargo, le mortificaban todos esos hechos. ¿Por qué a él? ¿Y esa grieta del edificio que se percató en cierta ocasión, en el momento que se fue a hacer running? Nada tenía sentido para aquel joven  y responsable americano.

Celebraban una mini fiesta en el piso, en compañía de una chica de Järgen -una de tantas que pasaban por su cama-, que fue invitada. Fue ella la que daría al joven americano la clave primordial de lo que estaba sucediendo. En determinado momento de la velada, Järgen el escandinavo, ya bastante ebrio, la acusó de ser una bruja, no como simple insulto, sino como referencia a esas “tías raras” que creen y viven de lo paranormal. La provocó, y esta, herida, le respondió que haría un ritual. Y que al realizarlo, que nadie pidiera la más mínima explicación. Así se hizo. Alice, que se llamaba la joven, comenzó a hablar:

-         En este lugar, algo oculto se intenta desvelar… En uno de vosotros, ha centrado su interés… - y señaló precisamente a Tom. Se sorprendieron todos los demás, incluido él-. Es a ti a quien ha elegido. Las paredes de este lugar, sus moradores, guardan un terrible y temible secreto. Espúreo, sibilino. Un trágico acontecimiento. Y hay quiénes, prefieren salvaguardarlo a toda costa, a todo precio… Creen que les exponemos en serio peligro. Odio, envidia, oportunismo y secretismo manifestados en clandestinas reuniones de condimentadas conversaciones. Juegan al antiguo juego del ruido y del silencio. Viles víboras cobardicas –hizo un profundo suspiró–. Sus faltas, pecados y responsabilidades no las asumen como la gente corriente y de buena fe. Intereses pusilánimes, oscuros, los incentivan a cometerlos. Y el cerco, poco a poco se cierra, y a su vez, se va sellando. Tom, tú no fuiste el primero. Hay quienes con rotunda sentencia, les daña la sola existencia de esa pareja de figuras chinas

Por más que le pidieron explicaciones Pete y los demás, ella se negó en rotundo a responder. Sólo el joven americano reconocía de lo que estaba hablando. En sus pesadillas, aquellas citadas figuras decorativas ya aparecían. La chica prosiguió:

- Pero estas, a pesar del tiempo y lo sucedido, aguantan, resisten y persisten como la roca al agua y al viento; se moldea y se socava, pero jamás se rinde. El Mal, la ponzoña se anida y se nutre, se agazapa…como una alimaña que aguarda a su presa, hasta capturarla…y entonces inocular su inicuo veneno. No. También hay otro mal fuera, en la calle. En el subsuelo. El agua hace tiempo que se ha estancado. Se ha corrompido. Su mal inclusive se ha añadido, y como amplificador nutre y apoya al ya existente entre ellos…Una grieta se está abriendo camino en el edificio, gruesa. Como un cáncer se va expandiendo; enferma y sentencia el lugar y a quienes lo habitan, aún más… Se encuentra en la acequia bajo estos terrenos. El agua debe circular para ser portadora de vida, fluir sin obstáculos. Estas, en cambio están turbias, sucias. Sendas iniquidades son retroactivas y van a por ti, Tom… Esas aguas y sus moradores son jueces, verdugos e instigadores. Aléjate de aquí cuanto antes. Tu vida, está en grave peligro. Ellos asumen su mal. Tú, aún puedes cambiarlo.


El joven americano comprobó a primera hora de la mañana que lo que decía la chica era cierto; la grieta provenía de la tapa del alcantarillado del asfalto que recorría la calle del inmueble. Alguien, desde el bar de la esquina, le comunica a otra persona de lo que el chico está haciendo. Después tuvo una fuerte discusión con Pete, quien le recriminó su extraña conducta, y que había avisado a sus padres, sin su consentimiento. El resto del día, tensión y silencio, únicamente roto por Tom: “Sé lo que tengo que hacer, y lo haré…”

Pete recuerda con absoluta devoción, cuando días después, él en compañía de Georges, Järgen y unos cuantos agentes de paisano, aguardaban en la estación de autobuses a los padres del insensato joven. Su amigo fiel, rememora el día en el que Tom asesinó a un hombre, en el piso en el que vivían.

Al día siguiente de la bronca, se extrañó el australiano que Tom no fuese a clase. Por la tarde, había en la calle del inmueble un gran revuelo de gente, policías, ambulancia. Järgen y Georges estaban allí, le contaron todo ante su incrédula emoción. El joven americano había matado al presidente de la comunidad con un cuchillo de cocina. El cuerpo estaba en el comedor. Encontraron a Tom, desnudo en la bañera, como un loco mortificado. No lejos de él, el arma homicida. La grieta, la acequia, el allanamiento de morada por parte de la víctima y el propietario, tomado a hurtadillas de la cocina el cuchillo, su fatal destino…

El cordón policial se levanta. Pueden sus compañeros de piso recoger sus enseres, el dueño del piso quería deshacerse de ellos. Sólo Georges y Pete acudieron juntos, el cínico de Järgen lo hizo horas antes. Les abrió la puerta el vecino de abajo. Del dueño nada quiso saber.

Hay un completo desorden de sus ropas en el suelo y en los muebles. Georges tiene fuerzas para hacer una agria crítica a la profesionalidad de los investigadores del caso. Pete, está desecho. El borrón de sangre del comedor, y la foto de todos ellos en su mesita de noche termina con su aniquilado ánimo. Trolleys deslizantes se marchan del piso. Frente a la puerta, Georges nota algo raro. El pestillo de apertura no es el mismo; lo han cambiado. Entonces, lo del allanamiento… En ese instante, cae sobre el techo de la entrada una pelota dura de plástico… Los jóvenes abandonan el fatídico lugar para siempre.