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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

lunes, 30 de junio de 2014

DE VIERNES A DOMINGO, de ISABEL SÁNCHEZ HERNÁNDEZ

Seguimos con la presentación de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de De viernes a domingo, relato de Isabel Sánchez Hernández.


Cuando aquella mañana de lunes sonó el teléfono, a Matías le dio un vuelco el corazón. No eran horas para llamadas, solo podían ser malas noticias. Los niños habían pasado el fin de semana en casa y a esas horas el pequeño apartamento de separado era un verdadero ciclón de voces, carreras y agitación. Los niños, aún casi dormidos, desayunaban atropelladamente para no llegar tarde a la escuela. Matías iba de acá para allá, recogía ropa y zapatos dejados por medio, hacía bocadillos para el recreo e intentaba meter todo en las mochilas de los chicos para llevarlas a casa de su madre antes de ir al trabajo y, de paso, acercar a los niños hasta la parada.

Empezaba una nueva semana con sus prisas, sus rutinas, su vida y luego, su soledad. Se estaba esforzando mucho para que sus hijos acusaran lo menos posible las consecuencias del cambio de vida que suponía la separación. Quería a toda costa, convertir el apartamento en otro hogar para ellos, que estuvieran allí como en casa, que desearan pasar días con su padre. Anhelaba volver a tener algo parecido a una familia aunque fuera de viernes a domingo. Los chicos pronto entrarían en esa edad en la que es tan necesario tener cerca un padre que los guíe para que no se echen a perder. Había que estar muy pendiente, había que trabajar mucho para eso y él no estaba dispuesto a renunciar a esa responsabilidad. Nunca le asustaron las dificultades y esta tarea, aunque muy complicada, estaba seguro que le daría muchas satisfacciones.

La intempestiva llamada vino a paralizar todo aquel trajín y sacó a Matías de sus pensamientos, como el timbre chirriante de los colegios rompe el bullicio del recreo y anuncia el regreso al silencio de las aulas. Iba a descolgar el aparato cuando vio que la llamada era de su empresa. En menos de una hora se habría incorporado al trabajo y no imaginaba qué asunto importante no podía esperar sesenta minutos. Sin saber por qué, de pronto recordó que el viernes, al terminar su turno no había hecho personalmente la rutinaria revisión del autobús. La jornada se había prolongado más de lo habitual y él tenía que ir a recoger a los niños. Estaba impaciente, anhelante, y recordó haberle pedido a un compañero que hiciera la revisión por él; aunque no estaba muy seguro de que su compañero lo hubiera escuchado. Ahora, un presentimiento de que algo podía haber ido mal, le atenazó por un instante antes de contestar la llamada.

            - Matías, ven inmediatamente a las cocheras. Hemos descubierto una persona en tu coche esta mañana al hacer la limpieza -escuchó Matías antes de poder articular una sola palabra. La voz sonaba grave e imperativa y Matías sintió como si hubiera recibido un mazazo que lo dejara inmóvil e insensible. Antes de poder reaccionar oyó el clic que indicaba que su interlocutor había colgado sin esperar respuesta. Como movido por un resorte, cogió a los niños sin poder hablar y los llevó casi a empujones hasta la parada del autobús escolar. Se sentía como fuera de sí.

No era demasiado consciente de lo que hacía mientras condujo su coche hasta las cocheras de la empresa. No podía imaginar qué podía haber sucedido. Una persona en el autobús. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Desde cuándo? Todas esas dudas se agolpaban y se repetían en su mente produciéndole un sentimiento de culpa que lo abatía. Siempre fue un buen trabajador, cumplidor, bien dispuesto y responsable. Puede que el divorcio y este afanarse con los niños lo tuvieran desquiciado, quizás era mucha carga para él. No podía permitirse, en estas circunstancias, fallar en el trabajo. ¿Cómo se le pudo ocurrir dejar en manos de otro un cometido que le correspondía?  “Pero nunca pasa nada al terminar los turnos” se dijo para disculparse, “son revisiones de rutina, no puedo creer que saliera tan apresuradamente como para no darme cuenta de que quedaba algún pasajero en el autobús. Quizá es un delincuente que se quedó escondido para luego salir y atracar la oficina o algo parecido. Pero me ha tenido que pasar justo el día que no hago la revisión”.



Un mar de dudas y culpas le invadían en el trayecto hacia la empresa. Al llegar, lo primero que vio fue una ambulancia de la Cruz Roja estacionada de mala manera ante el portón de las cocheras. En ese momento los sanitarios introducían en ella una camilla con un joven sobre tumbado. Parecía inconsciente y tenía unos cuantos aparatos de reanimación conectados al cuerpo: respirador, gotero, vías…

Impactado por lo que había visto y totalmente desorientado bajó precipitadamente del coche y corrió hacia uno de sus compañeros en demanda de alguna explicación. Se había preparado para ver una persona en su autobús pero nunca hubiera pensado que estaría inconsciente y, quién sabe, si muerto.

            - Lo hemos encontrado ya inconsciente. Debe de llevar así desde el viernes. ¿No viste nada raro al terminar el turno? –le preguntó su compañero verdaderamente afectado.

            - No hice la revisión, le pedí a Fernández que la hiciera por mí. Tenía que recoger a los chicos….

Totalmente abatido se cubrió la cara con ambas manos como si estuviera a punto de echarse a llorar allí mismo.

            - Dice la policía que estaba desaparecido desde el viernes. Ya ves cómo lo hemos encontrado. Ah, me han dicho que haga hoy tu turno. Te quieren en la oficina, imagino que para hacerte algunas preguntas.

            - Era un viajero habitual, creo… Pero, ¿cómo está? ¿Se pondrá bien? ¿Qué dice el médico?

            - Eso no lo sabemos. No han conseguido reanimarlo, parece que está en coma.

Matías sintió caer el cielo sobre sí. En todos sus años de conductor había visto muchas cosas, incluso sufrido agresiones, urgencias de pasajeros, infartos, accidentes leves… Pero esto, esto no lo podía imaginar, y además, él era el responsable.

En un impulso casi inconsciente se acercó al conductor de la ambulancia que estaba a punto de iniciar la marcha.

            - ¿A qué hospital lo lleváis?

            - Al Clínico, según creo.

Enseguida reconoció al muchacho que conducía la ambulancia. También era usuario de su ruta. Lo veía subirse en la parada próxima a la Escuela de Enfermería todos los días a la misma hora. Era un chico afable, de los que dan los buenos días al entrar y a los que nos les cuesta intercambiar una mirada  y hasta una sonrisa. Siempre con los cascos en las orejas pero siempre amable. Tenía un aspecto saludable, quizá fuera deportista y parecía buen estudiante. Además, ahora lo sabía, también era solidario, voluntario de la Cruz Roja. Así le gustaría a Matías que fuesen sus hijos, como aparentaba ser ese joven: hombres de bien, sensibles, delicados y responsables, que intentasen ser buenas personas.

El ulular de la sirena y los destellos de las luces que giraban irrumpieron en el ambiente y penetraron en sus pensamientos. La ambulancia arrancó apresuradamente y se perdió en el asfalto y entre el tumulto del tráfico matinal.

Matías, con una mano imaginaria oprimiendo su corazón, se encaminó despacio, sin conciencia de dónde pisaba, adelantando un pie detrás del otro maquinalmente, hacia las oficinas de la empresa.

Al llegar al Hospital Clínico, todo el equipo de urgencias esperaba a la ambulancia pertrechado con los aparatos de reanimación y transporte necesarios para intentar revivir al joven.

Esperanza  habitualmente empujaba las sillas de ruedas, conducía a los enfermos hasta la sala de rayos X o al laboratorio de análisis, traía y llevaba pruebas de diagnóstico y hacía todas las tareas propias de su función como celadora. Cambió una mirada con Alberto, el conductor de la ambulancia mientras ayudaba a otros compañeros a introducir la camilla en el hospital.

             - Ahora te veo, Alberto -le dijo levantando la voz por encima de las órdenes atropelladas que profería todo el equipo médico de urgencias.

A los cinco minutos salió de nuevo al encuentro de Alberto:

            - ¿De dónde lo traéis? ¿Qué ha pasado?

Esperanza y Alberto eran viejos conocidos. Además de vecinos del barrio, coincidían casi a diario en el Hospital, cada uno en su función, en el autobús de regreso a casa y, por si fuera poco, la madre de Alberto era buena amiga de Esperanza.

            - Lo encontraron en el 33 esta mañana, inconsciente. He oído a los sanitarios decir que quizás sea un coma diabético. Llevaba allí desde el viernes a última hora.

            - No sé tú, pero yo recuerdo a este chico -dijo Esperanza consternada-. ¿No te acuerdas de verlo en el bus de vuelta a casa, allí, dormido en el último asiento? Yo pensé que el chaval estaría cansado de la semana. La verdad es que se le veía siempre con mala cara, no era la primera vez que coincidíamos. No podía imaginar que estuviera inconsciente. ¡Va una siempre pensando en sus cosas! ¡Pobre chaval!

            - A mí me pasó lo mismo -coincidió Alberto quizás algo aliviado-. Si hubiéramos hecho algo, despertarle o intentar avisar… Ahora no estaría tan grave.

            - Sí. Parece mentira que tú y yo tengamos tanta costumbre de ver enfermos y no nos diéramos cuenta.

            - A lo mejor por eso. No nos sale de ojo, no prestamos atención. Vamos en nuestras cosas Además yo el viernes iba reventado, tuve un examen por la mañana y casi no había dormido.

Según cambiaban impresiones, los sentimientos de tristeza y culpa empezaron a anidar en sus corazones. ¿Cómo podían haber sido tan indolentes? Quizás tampoco se atrevieron a despertarle por respeto. No sería la primera vez que la gente se molestaba cuando alguien lo despertaba en el autobús.

            - Bueno, Alberto, tengo que volver al trabajo. Ya nos vemos en el barrio.

            - Vale, yo también tengo otro aviso. Luego me dices cómo evoluciona el chaval.

Esperanza volvió a entrar en la sala de urgencias en espera de que le avisaran para llevar o traer a algún otro enfermo.  “Desde luego, vaya trabajo” pensó entristecida y taciturna. “Todo el día viendo desgracias y miserias te endurece el corazón.  Hacemos lo que podemos aquí pero fuera, estamos como inmunizados. Esta vida tan ajetreada, tantas preocupaciones, tantos problemas, tantas estrecheces… Parece que nos ponemos una venda en los ojos y ya sólo sabemos mirarnos al ombligo”.

Absorta en estos pensamientos y embargada por una amarga angustia casi tropezó con Agustín, su vecino del 5ª.

            - Hola Agustín ¿qué hace usted por aquí? ¿Ya ha parido la nuera?

            - Sí, el domingo. Vengo a traerle algo de ropa y cosas para el bebé. Angustias se ha quedado con el otro, que amaneció hoy con fiebre.

            - ¡Ah, vaya! Y ¿qué tal la madre y el niño? ¿Todo bien?

            - Sí, los dos bien, pero ya ves, hija, ahora una boca más y pañales, papillas, potitos, ¡lo que cuesta mantener a un niño chico! Y nosotros tan mayores y mi Ángel sin trabajo fijo, sólo las chapuzas que van saliendo, ya sabes. No sé qué vamos a hacer. Desde que se han tenido que venir a casa por lo de la hipoteca estamos que no llegamos, y la pobre Angustias no da abasto con el niño, y ya no tiene edad para tanta briega. Bueno, y la pensión que no estira más. Qué te voy a contar, un poema.

            - Bueno, anímese Agustín, al menos tienen salud y un niño siempre es una bendición para una familia. Mire, acaba de entrar un chico en coma diabético que han encontrado en el 33. Allí inconsciente desde el viernes.

            - Ah, no me digas. ¿No será el chico que vimos dormido el viernes por la tarde cuando íbamos a casa? Mi nuera y yo volvíamos de la revisión. Uno que parecía dormido o drogado, con muy mala cara... La verdad es que fuimos comentando lo mal que está la juventud; más valdría que se prepararan para lo que les viene encima en vez de evadirse en el alcohol o las drogas.

            - Era diabético, el pobre. Una nunca sabe. Quizás habríamos podido ayudarle. Yo también iba en el mismo autobús y tampoco reaccioné. Iba de bote en bote y nadie le dijo nada al pobre chico. Este mundo es un desastre.

            - Bueno, Esperanza, hasta luego hija.

            - Adiós Agustín. Luego voy a ver a su nuera por si le hace falta algo.

            - Gracias, hija. Adiós, adiós.


Se separaron y siguieron con sus vidas pero no como si nada hubiera pasado. Aquel lunes de principios de primavera Matías, Alberto, Esperanza y Agustín sentían una honda tristeza: la tristeza de constatar cuántas personas en el mundo mueren solas, abandonadas aunque rodeadas de gentes a las que no importan nada.

Ese lunes transcurría para ellos arrastrando una carga de profundidad en sus corazones. Una losa de varias toneladas los abatía. La imagen de aquel anónimo joven no se borraba de sus retinas. A punto de declinar el día cesaba la actividad propia de la jornada, y cada uno de ellos,  como respondiendo a una inaudible llamada, se dirigió a la UVI del hospital. Allí se congregaron, ahora sin intercambiar palabras.

En la antesala de la UVI, en uno de esos bancos  donde la gente espera noticias o la hora de la visita, había una pareja de mediana edad. Estaban sentados, callados y taciturnos. Las manos enlazadas y los ojos húmedos. Todos, al verlos, supusieron que se trataba de los padres del muchacho del 33. Se confirmaron sus sospechas cuando uno de los médicos del servicio empujó desde dentro las puertas abatibles que daban paso a la UVI y se dirigió a la pareja. Aún sin haber oído sus palabras, tuvieron enseguida la certeza de que el temido desenlace se había producido.


Sin decir palabra, los cuatro intercambiaron miradas húmedas y desvalidas. Se encaminaron en silencio hacia los ascensores, de ahí a la calle, por la calle a la parada y en ella, cuando llegó el autobús, subieron de nuevo al 33.

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