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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

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viernes, 27 de junio de 2014

CARONTE, de ANTONIO RODRÍGUEZ

Seguimos con la presentación de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de Caronte, relato de Antonio Rodríguez.



La barca herrumbrosa de Caronte avanza lentamente hundida en las nauseabundas aguas de la laguna. Los decrépitos remos que, desde tiempos inmemoriales, son la prolongación de sus brazos, apalean el agua negra de la charca con ritmo cansino, cortando a tajos, la lámina inerme del agua en el yermo silencio.

La oscuridad de la cueva es aplastante, la soledad es abrasadora. La débil tea que alumbra el sigiloso camino de la barca, tiembla dolorida, en su puesto de vigía, ante la brusca sequedad de la penumbra que la envuelve. Las ralas ondas del manto oscuro, que el paso de la barca deja, juegan fugaces con la luz mortecina, como culebrinas monocromas adormecidas. El silencio es angustioso, es un grito de inquietud cerrado, un hueco profundo en la razón. Es la boca oscura del más allá, es la angustia del no retorno.

Caronte, -que no es joven, ni viejo sino eterno, rema y rema sin parar, sin desaliento, como un autómata, como lo ha venido haciendo desde la eternidad. Como lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos. Es su destino, es su castigo divino.

Su mirada se pierde en la cerrada negritud de la penumbra, sus pensamientos pasan vertiginosos como el rebobinado acelerado de una cinta de película, caen en el vacío de su eterna juventud como el fluir del agua en la alcantarilla negra, como el chasquido silbante que produce el volar de las hojas de un libro cuando buscamos un recuerdo en su interior. Su vida es tan monótona, su discurrir diario tan solitario, su tarea tan lóbrega y oscura que su pasado es semejante a ese libro que aún no se ha escrito, parecido a esa cartilla infantil inmaculada, si acaso con cuatro garabatos insustanciales, con unos arrugados frágiles.

Desparramada en el fondo de la embarcación una joven esbelta, de elegantes facciones, ajena al frío entorno, pasajera inerte, va camino de su última morada. Su rostro frágil y ligero, manchado por la aridez de la muerte, conserva, aún, el fresco aroma de su alta alcurnia, su alegre fragancia juvenil. La máscara mortuoria, los ornamentos pétreos que esconden ese rostro cálido y aromático, no han conseguido ensombrecer el semblante sosegado y plácido de la viajera.

Los ojos fosforescentes del barquero, que escrutan permanentemente la penumbra eterna de la laguna, con una precisión infalible, por un leve instante, han pestañeado. Por un ínfimo momento, su porte sereno se ha acelerado, su aplomo se ha tambaleado, su acompasado remar se ha quebrado. Con el torso rugoso de su mano se ha restregado, incrédulo, los bordes de sus cóncavos ojos ardientes. Un sudor helado le ha recorrido el alma, una ráfaga de calor humano le ha invadido, un sentimiento extraño le ha sacudido las emociones más profundas.

El ritmo tedioso de la laguna se ha roto. El compás cansino y eterno que Caronte ha mantenido desde el comienzo de los tiempos, se ha parado por un instante fugaz. Por primera vez en toda la eternidad, el silencio, es en la densa laguna mucho más espeso, la zozobra se ha apoderado del mundo de la quietud.

¿Ha sido un vahído? ¿Ha sido una alucinación? ¿Ha sido un leve parón en su firme e impertérrita vocación de remero?

Sus manos vuelven a restregar, con más fuerza, sus ojos asombrados y desencajados. Se pellizca la cara, los brazos, su cara se disloca. Se comienza a apoderar de él, la inquietud, la duda, el miedo. En un escorzo ágil coge una garfada de agua putrefacta y la estrella contra su rostro. Las eternas gotas de agua, mezcladas con las ácidas perlas de sudor que le produce el continuo remar, le resbalan lentamente hasta el mentón y saltan al vacío hasta chocar con el fondo osco de la embarcación. ¡Está despierto!; lo ha estado siempre, su sino es estar siempre alerta, remar y remar; su trabajo es transportar cadáveres desde una orilla, la de la muerte, a la otra, la de la dicha, la del vivir para siempre, o la del penar eterno.

¿Qué está pasando? ¿Cómo le ha podido ocurrir una cosa así? ¡No es posible! ¡Esto no le puede pasar a él! Lleva miles y miles de años desempeñando este trabajo, una eternidad ejerciendo este oficio. Nunca había tenido un problema, siempre cumplió a la perfección con su cometido. El temor a los dioses regía sus razonamientos, el miedo al castigo eterno nublaba sus pensamientos. ¡Estaba muerta! El abrió su boca reseca, con el rictus “post mortis”, y cogió la moneda, el pago del transporte, el pasaporte al más allá. Al levantarla de la loza blanca en la que estaba postrada, sobre la que le habían rendido los últimos honores mortales, para meterla en la barca, su cuerpo frágil, poseía la débil ingravidez que produce la muerte. ¡Estaba inerte! ¡Carecía de vida! ¡Estaba muerta!, se repetía. Atolondrado por el enorme contratiempo que aquel percance podía producir en su expediente laboral, desconcertado por la trascendencia que aquel hecho representaría en la inmaculada hoja del servicio mortuorio de la laguna Estigia, miraba de lado a lado, escudriñaba nervioso el horizonte como queriendo esconderse, como pretendiendo ocultar su falta. Pero sus ojos incandescentes, que penetraban ágilmente la oscuridad más densa, no acertaban a distinguir dónde se encontraba, en qué lugar de la laguna se había detenido la barca, en qué momento se encontraba su existencia. La depositó con mimo, como lo hacía siempre, él trataba bien a sus pasajeros, en el fondo de la barca. Una gota de su sudor, lo recuerda bien, se rompió en innumerables destellos cristalinos, sobre la mortecina frente de la chica. ¡Toda una eternidad de buen hacer, de un trabajo bien realizado, tirada por la borda, por un desliz! ¡Por un error! Por una equivocación sufrirá el desprecio de los dioses, recibirá su ira divina. ¿Qué había pasado?


La joven le mira fijamente, incrédula, sin moverse, sin pestañear. Está desconcertada. No acierta a saber qué pasa, ni por qué está en aquella barca, con un barquero al que no conoce y en medio de esta soledad plomiza, envuelta en esta oscuridad letal. ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde está su prometido? ¿Dónde están sus amigos?; Estas realidades le martillean las sienes. Despavorida se echa las manos a la cara, palpa temblorosa su fina faz descompuesta y, en un arrebato cruel, arranca con gesto grotesco y rabioso, la máscara mortuoria, araña con rabia los ungüentos, estalla en una explosión de llanto. El rictus entrecortado de su miedo esboza una leve sonrisa interrogativa, pero no se atreve a decir nada. Los dos, Caronte y la chica, se miran atónitos, los dos están paralizados, los dos parados en medio de un mar proceloso, en medio de confusos pensamientos, en medio de una realidad incomprensible, sin atreverse a romper el tenso instante. Sólo sus miradas, inquisitivas, cortan el denso silencio que sofoca el ambiente.

La barca, inmóvil, quieta, como petrificada, aguarda; de un momento a otro; comenzar su balanceo tosco y grotesco. Caronte, el remero, hierático, desencajado, no acaba de reaccionar. ¿Qué hago? se pregunta una y otra vez interiormente. No puedo seguir, no puedo presentarme en la orilla del más allá con una persona viva, esto sería terrible, rompería el esquema de los tiempos. Los secretos más recónditos correrían el riesgo de ser descubiertos, de ser desenterrados. Los saberes más sagrados de los dioses serían profanados. El destino, conocido por los mortales. Su dueño y señor, no le perdonaría esto, le mandaría para siempre al destierro, le arrojaría para toda la eternidad fuera de la laguna, perdería su trabajo, monótono, pesado a veces. Pero era lo único que sabía hacer, era para lo que verdaderamente servía, era lo que había estado haciendo por los siglos de los siglos. Avanzar no debía, pero, retroceder, para depositarla en la orilla de los vivos, no podía. El tiempo no se puede recorrer hacia atrás. El trayecto de la muerte al más allá, el recorrido es exacto, milimetrado, está ajustado a los cómputos del tiempo, sigue los cánones seculares, es un paro puntual, es un soplo vertical, constante como la brisa en la sierra, rítmica como el romper de las olas en el acantilado, como el tictac del reloj.

Su cerebro buscaba con urgencia una respuesta, necesitaba con celeridad una solución, con angustia, un camino a seguir. Si avanzar no debía porque los vivos no tienen entrada en el mundo del futuro, si retroceder era ir contra la corriente del tiempo, cada segundo que permanecía, allí, estático, inerte, como si el muerto fuera él, estaba dinamitando el proceso natural del tiempo, estaba rompiendo el complicado entramado de coordenadas que confluyen en la ordenación, desarrollo y seguimiento de la vida. Qué respuesta le daría a la chica, que comenzaba a incorporarse, desvaída, aún, cuando le preguntara quién era él, qué hacía ella allí, a dónde iban los dos en aquella barca mortuoria... Pero más difícil sería encontrar una explicación coherente a su jefe, al dueño y señor de la vida, al controlador de los hilos de la muerte, al poseedor de la vida eterna.

Sus manos que en otros tiempos eran fuertes, seguras, comenzaban a temblar; su rostro otrora inexpresivo, clónico, irreal, tomaba tintes grotescos; su pecho rocoso, enorme como una fortaleza etrusca, comenzaba a hacer aguas. Era una cascada de diminutos cristales, semejaba una regadera gigantesca en medio de la laguna negra. Se mesó el cabello abrupto y esperó a que la joven acabara de incorporarse.

Una pálida voz, rompió el silencio eterno, una voz de tintes rosados reverberó en la oscuridad y se perdió, absorbida con avidez, por la seca aridez del silencio.

- Por favor… ¿quién es usted? -susurró.

La frágil voz, la cálida ternura de la pregunta rasgó la pesada soledad de la laguna como un cuchillo secciona la carne. Aquel hilo delicado de voz rompía sus tímpanos milenariamente sordos. La luz que irradiaban sus ojos iluminaron, de súbito, su sempiterna oscuridad y la lúgubre laguna cotidiana, que ahora, era radiante como un paseo en barca por el lago Bracciano, esplendorosa como un día soleado en medio de una extensa sabana. La dulce sonrisa que dibujaron sus labios descarnó las opacas pupilas de Caronte; la ternura invadió su alma sólida y vacía, la compasión llenó su soledad sempiterna, la emoción desmembró su entereza secular. Los lívidos labios de la chica trajeron a su memoria los primeros besos robados, los cálidos días de estío, las largas y tristes tardes de invierno, algunas fogosas noches de amor de sus milenios mozos.

- Soy Caronte -contestó. El barquero que transporta tu alma al más allá. Soy el guardián del trayecto que recorre tu ser hasta el paraíso.

La joven se estremeció, se rehízo y espetó enérgica:

- Pero, ¡yo estoy viva!

- Ya lo veo -se lamentó Caronte-. Y, esto me causa un enorme problema, me origina un terrible contratiempo. No puedo avanzar porque estás viva, no puedo retroceder porque el tiempo me lo impide.

- Comprendo que volver no puedas porque el empuje constante y tenaz del tiempo hace imposible el retroceder, porque las manecillas del reloj de la vida sólo avanzan hacia el futuro, sólo giran en dirección contraria al pasado. Por eso -se paró como para dar más solidez a su demanda-, te suplico que me lleves a la otra orilla, a esa vida maravillosa que muchos días he soñado, que desde niña he deseado, para la que desde siempre estamos predestinados los mortales.

-¡No lo comprendes! -atajó Caronte-. En ese lugar tú no puedes entrar, tú no existes. All, no hay lugar, no existe el espacio, no se propaga la voz, no se necesitan los ojos para ver, no tiene cabida lo material, lo corporal. Allí sólo hay una manera de entrar: morir. Sólo tiene cabida el ser, el alma inmortal, el espíritu despojado de los tintes superfluos, liberado de las vanidades perecederas que le oprimen, que lo subyugan en vida. Y tú -le señaló con el índice amenazador-, estás, aún, en ese estado terrenal, en esa imperfecta forma humana que acumula la riqueza, que ama los afeites, que...-quiso añadir algo más pero la joven le cerró la boca con su delicado dedo índice.

Con el contacto de aquel sutil dedo, Caronte, creyó morir. Se vio rodeado de todas aquellas almas, de aquellos millones y millones de pasajeros que había ayudado a entrar en el paraíso. Sus miradas inquisitoriales le quemaban las pupilas, le taladraban el cerebro. El roce de aquella delicada piel le estremeció los sentimientos más profundos, sedimentados en su ser desde eras antiquísimas, le despertó los deseos más humanos, los instintos más animales pugnaron por emerger.

- Pues quedémonos aquí, los dos, en medio de esta negra noche, en esta barca mortuoria, rodeados de esta larga soledad y olvidémonos del tiempo, hagamos caso omiso al destino, despreciemos el paraíso y vivamos los dos, juntos, hasta el final de mis días -le susurró quedamente la joven.

Caronte, estaba aturdido, estaba desconcertado, no entendía nada. En su milenaria existencia, jamás, le había ocurrido una cosa parecida: que  el cuerpo que debía pasar de una orilla a la otra no estuviera a punto para la recogida, no fuera la fecha señalada por el destino. Aquí alguien había cometido un error, alguien había obrado con negligencia, alguien tendría que dar una clara y extensa explicación. Pero lo que le turbaba y exacerbaba era la tentadora situación que su compañera de viaje le proponía. Él es eterno, es el albacea de un legado divino pero también es humano. Por sus venas fluyen deseos, de su alma brotan pasiones, su ser necesita proyección. Los sentimientos humanos le empujan a seguirla, los instintos carnales le incitan a la lujuria, las veleidades femeninas le provocan la pasión. El deseo finito, el placer perecedero, el instinto brutal le nubla la visión, le anulan la razón, le incitan al pecado. Por el contrario sus deidades eternas ponen sordina a sus pensamientos, echan freno a sus arrebatos, inhiben la libido humana. ¿Qué hacer? Sus pensamientos son una caldera en plena ebullición, su voluntad un corcel desbocado, sus deseos un volcán en erupción. No puede más, su pecho no soporta por más tiempo aquella angustia que jamás había sentido, no aguanta más aquel dolor sofocante; sus sentimientos no pueden permanecer encerrados por más tiempo sin expresar sus pareceres, sus necesidades. No acaba de coordinar, no acierta a comprender. Alza los brazos y grita, grita muy fuerte, prolongadamente enérgico. El eco se vacía en la larga bóveda del silencio, su angustia se pierde en la soledad infinita del tiempo.

-¡Caronte! ¡Caronte! ¡Caronte! -el eco truena de peña en peña en la caverna cenital de la laguna.

Caronte rema cansino, metódico, como lo había hecho infinitas veces, como lo seguirá haciendo eternamente, hasta la consumación de los tiempos y la barca atraca lentamente, como teledirigida, con calma, suavemente en la orilla.

-¡Caronte! –grita desde la orilla el cancerbero-. Eres la puntualidad personificada.


Caronte, el barquero, lo mira fijamente, con una mirada hiriente, eterna, cansada. Baja de la barca, se inclina sobre su carga, con tiento toma  el cuerpo ingrávido, leve, rosado, insustancial. Lo transporta con mimo y cariño. Lo deposita con suma ternura sobre la pira. Lo mira por última vez. Sobre la frente decrépita de la chica quedan aún restos de diminutos cristales de sudor. Por el cansado rostro eterno corren dos lágrimas de amor. Vuelve cansino, como el tiempo a su destino. Sube a la barca, se sienta, lívido, metódico, como siempre. Da un último vistazo plomizo a su alrededor y empuña, de nuevo, los remos del tiempo.

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