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CONTAR es una de las actividades más antiguas del ser humano. Seguramente está aliada a la aparición del lenguaje y es el germen de la comunicación. Sucede en todas las culturas, de una u otra manera. En la tumba de Robert Louis Stevenson –el autor de La isla del tesoro, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde…-, en una lejana isla de los mares del Sur a la que se retiró por motivos de salud, figura grabado el apodo que le dieron los samoanos: Tusitala, que en castellano significaría "el contador de historias". A pesar de las diferencias culturales, los nativos del Pacífico reconocieron en Stevenson, a uno de los más claros ejemplos de la novela-narración, al escritor por excelencia.

Quienes vienen a estos cursos es porque quieren convertirse en TUSITALAS.

lunes, 30 de junio de 2014

DE VIERNES A DOMINGO, de ISABEL SÁNCHEZ HERNÁNDEZ

Seguimos con la presentación de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de De viernes a domingo, relato de Isabel Sánchez Hernández.


Cuando aquella mañana de lunes sonó el teléfono, a Matías le dio un vuelco el corazón. No eran horas para llamadas, solo podían ser malas noticias. Los niños habían pasado el fin de semana en casa y a esas horas el pequeño apartamento de separado era un verdadero ciclón de voces, carreras y agitación. Los niños, aún casi dormidos, desayunaban atropelladamente para no llegar tarde a la escuela. Matías iba de acá para allá, recogía ropa y zapatos dejados por medio, hacía bocadillos para el recreo e intentaba meter todo en las mochilas de los chicos para llevarlas a casa de su madre antes de ir al trabajo y, de paso, acercar a los niños hasta la parada.

Empezaba una nueva semana con sus prisas, sus rutinas, su vida y luego, su soledad. Se estaba esforzando mucho para que sus hijos acusaran lo menos posible las consecuencias del cambio de vida que suponía la separación. Quería a toda costa, convertir el apartamento en otro hogar para ellos, que estuvieran allí como en casa, que desearan pasar días con su padre. Anhelaba volver a tener algo parecido a una familia aunque fuera de viernes a domingo. Los chicos pronto entrarían en esa edad en la que es tan necesario tener cerca un padre que los guíe para que no se echen a perder. Había que estar muy pendiente, había que trabajar mucho para eso y él no estaba dispuesto a renunciar a esa responsabilidad. Nunca le asustaron las dificultades y esta tarea, aunque muy complicada, estaba seguro que le daría muchas satisfacciones.

La intempestiva llamada vino a paralizar todo aquel trajín y sacó a Matías de sus pensamientos, como el timbre chirriante de los colegios rompe el bullicio del recreo y anuncia el regreso al silencio de las aulas. Iba a descolgar el aparato cuando vio que la llamada era de su empresa. En menos de una hora se habría incorporado al trabajo y no imaginaba qué asunto importante no podía esperar sesenta minutos. Sin saber por qué, de pronto recordó que el viernes, al terminar su turno no había hecho personalmente la rutinaria revisión del autobús. La jornada se había prolongado más de lo habitual y él tenía que ir a recoger a los niños. Estaba impaciente, anhelante, y recordó haberle pedido a un compañero que hiciera la revisión por él; aunque no estaba muy seguro de que su compañero lo hubiera escuchado. Ahora, un presentimiento de que algo podía haber ido mal, le atenazó por un instante antes de contestar la llamada.

            - Matías, ven inmediatamente a las cocheras. Hemos descubierto una persona en tu coche esta mañana al hacer la limpieza -escuchó Matías antes de poder articular una sola palabra. La voz sonaba grave e imperativa y Matías sintió como si hubiera recibido un mazazo que lo dejara inmóvil e insensible. Antes de poder reaccionar oyó el clic que indicaba que su interlocutor había colgado sin esperar respuesta. Como movido por un resorte, cogió a los niños sin poder hablar y los llevó casi a empujones hasta la parada del autobús escolar. Se sentía como fuera de sí.

No era demasiado consciente de lo que hacía mientras condujo su coche hasta las cocheras de la empresa. No podía imaginar qué podía haber sucedido. Una persona en el autobús. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Desde cuándo? Todas esas dudas se agolpaban y se repetían en su mente produciéndole un sentimiento de culpa que lo abatía. Siempre fue un buen trabajador, cumplidor, bien dispuesto y responsable. Puede que el divorcio y este afanarse con los niños lo tuvieran desquiciado, quizás era mucha carga para él. No podía permitirse, en estas circunstancias, fallar en el trabajo. ¿Cómo se le pudo ocurrir dejar en manos de otro un cometido que le correspondía?  “Pero nunca pasa nada al terminar los turnos” se dijo para disculparse, “son revisiones de rutina, no puedo creer que saliera tan apresuradamente como para no darme cuenta de que quedaba algún pasajero en el autobús. Quizá es un delincuente que se quedó escondido para luego salir y atracar la oficina o algo parecido. Pero me ha tenido que pasar justo el día que no hago la revisión”.



Un mar de dudas y culpas le invadían en el trayecto hacia la empresa. Al llegar, lo primero que vio fue una ambulancia de la Cruz Roja estacionada de mala manera ante el portón de las cocheras. En ese momento los sanitarios introducían en ella una camilla con un joven sobre tumbado. Parecía inconsciente y tenía unos cuantos aparatos de reanimación conectados al cuerpo: respirador, gotero, vías…

Impactado por lo que había visto y totalmente desorientado bajó precipitadamente del coche y corrió hacia uno de sus compañeros en demanda de alguna explicación. Se había preparado para ver una persona en su autobús pero nunca hubiera pensado que estaría inconsciente y, quién sabe, si muerto.

            - Lo hemos encontrado ya inconsciente. Debe de llevar así desde el viernes. ¿No viste nada raro al terminar el turno? –le preguntó su compañero verdaderamente afectado.

            - No hice la revisión, le pedí a Fernández que la hiciera por mí. Tenía que recoger a los chicos….

Totalmente abatido se cubrió la cara con ambas manos como si estuviera a punto de echarse a llorar allí mismo.

            - Dice la policía que estaba desaparecido desde el viernes. Ya ves cómo lo hemos encontrado. Ah, me han dicho que haga hoy tu turno. Te quieren en la oficina, imagino que para hacerte algunas preguntas.

            - Era un viajero habitual, creo… Pero, ¿cómo está? ¿Se pondrá bien? ¿Qué dice el médico?

            - Eso no lo sabemos. No han conseguido reanimarlo, parece que está en coma.

Matías sintió caer el cielo sobre sí. En todos sus años de conductor había visto muchas cosas, incluso sufrido agresiones, urgencias de pasajeros, infartos, accidentes leves… Pero esto, esto no lo podía imaginar, y además, él era el responsable.

En un impulso casi inconsciente se acercó al conductor de la ambulancia que estaba a punto de iniciar la marcha.

            - ¿A qué hospital lo lleváis?

            - Al Clínico, según creo.

Enseguida reconoció al muchacho que conducía la ambulancia. También era usuario de su ruta. Lo veía subirse en la parada próxima a la Escuela de Enfermería todos los días a la misma hora. Era un chico afable, de los que dan los buenos días al entrar y a los que nos les cuesta intercambiar una mirada  y hasta una sonrisa. Siempre con los cascos en las orejas pero siempre amable. Tenía un aspecto saludable, quizá fuera deportista y parecía buen estudiante. Además, ahora lo sabía, también era solidario, voluntario de la Cruz Roja. Así le gustaría a Matías que fuesen sus hijos, como aparentaba ser ese joven: hombres de bien, sensibles, delicados y responsables, que intentasen ser buenas personas.

El ulular de la sirena y los destellos de las luces que giraban irrumpieron en el ambiente y penetraron en sus pensamientos. La ambulancia arrancó apresuradamente y se perdió en el asfalto y entre el tumulto del tráfico matinal.

Matías, con una mano imaginaria oprimiendo su corazón, se encaminó despacio, sin conciencia de dónde pisaba, adelantando un pie detrás del otro maquinalmente, hacia las oficinas de la empresa.

Al llegar al Hospital Clínico, todo el equipo de urgencias esperaba a la ambulancia pertrechado con los aparatos de reanimación y transporte necesarios para intentar revivir al joven.

Esperanza  habitualmente empujaba las sillas de ruedas, conducía a los enfermos hasta la sala de rayos X o al laboratorio de análisis, traía y llevaba pruebas de diagnóstico y hacía todas las tareas propias de su función como celadora. Cambió una mirada con Alberto, el conductor de la ambulancia mientras ayudaba a otros compañeros a introducir la camilla en el hospital.

             - Ahora te veo, Alberto -le dijo levantando la voz por encima de las órdenes atropelladas que profería todo el equipo médico de urgencias.

A los cinco minutos salió de nuevo al encuentro de Alberto:

            - ¿De dónde lo traéis? ¿Qué ha pasado?

Esperanza y Alberto eran viejos conocidos. Además de vecinos del barrio, coincidían casi a diario en el Hospital, cada uno en su función, en el autobús de regreso a casa y, por si fuera poco, la madre de Alberto era buena amiga de Esperanza.

            - Lo encontraron en el 33 esta mañana, inconsciente. He oído a los sanitarios decir que quizás sea un coma diabético. Llevaba allí desde el viernes a última hora.

            - No sé tú, pero yo recuerdo a este chico -dijo Esperanza consternada-. ¿No te acuerdas de verlo en el bus de vuelta a casa, allí, dormido en el último asiento? Yo pensé que el chaval estaría cansado de la semana. La verdad es que se le veía siempre con mala cara, no era la primera vez que coincidíamos. No podía imaginar que estuviera inconsciente. ¡Va una siempre pensando en sus cosas! ¡Pobre chaval!

            - A mí me pasó lo mismo -coincidió Alberto quizás algo aliviado-. Si hubiéramos hecho algo, despertarle o intentar avisar… Ahora no estaría tan grave.

            - Sí. Parece mentira que tú y yo tengamos tanta costumbre de ver enfermos y no nos diéramos cuenta.

            - A lo mejor por eso. No nos sale de ojo, no prestamos atención. Vamos en nuestras cosas Además yo el viernes iba reventado, tuve un examen por la mañana y casi no había dormido.

Según cambiaban impresiones, los sentimientos de tristeza y culpa empezaron a anidar en sus corazones. ¿Cómo podían haber sido tan indolentes? Quizás tampoco se atrevieron a despertarle por respeto. No sería la primera vez que la gente se molestaba cuando alguien lo despertaba en el autobús.

            - Bueno, Alberto, tengo que volver al trabajo. Ya nos vemos en el barrio.

            - Vale, yo también tengo otro aviso. Luego me dices cómo evoluciona el chaval.

Esperanza volvió a entrar en la sala de urgencias en espera de que le avisaran para llevar o traer a algún otro enfermo.  “Desde luego, vaya trabajo” pensó entristecida y taciturna. “Todo el día viendo desgracias y miserias te endurece el corazón.  Hacemos lo que podemos aquí pero fuera, estamos como inmunizados. Esta vida tan ajetreada, tantas preocupaciones, tantos problemas, tantas estrecheces… Parece que nos ponemos una venda en los ojos y ya sólo sabemos mirarnos al ombligo”.

Absorta en estos pensamientos y embargada por una amarga angustia casi tropezó con Agustín, su vecino del 5ª.

            - Hola Agustín ¿qué hace usted por aquí? ¿Ya ha parido la nuera?

            - Sí, el domingo. Vengo a traerle algo de ropa y cosas para el bebé. Angustias se ha quedado con el otro, que amaneció hoy con fiebre.

            - ¡Ah, vaya! Y ¿qué tal la madre y el niño? ¿Todo bien?

            - Sí, los dos bien, pero ya ves, hija, ahora una boca más y pañales, papillas, potitos, ¡lo que cuesta mantener a un niño chico! Y nosotros tan mayores y mi Ángel sin trabajo fijo, sólo las chapuzas que van saliendo, ya sabes. No sé qué vamos a hacer. Desde que se han tenido que venir a casa por lo de la hipoteca estamos que no llegamos, y la pobre Angustias no da abasto con el niño, y ya no tiene edad para tanta briega. Bueno, y la pensión que no estira más. Qué te voy a contar, un poema.

            - Bueno, anímese Agustín, al menos tienen salud y un niño siempre es una bendición para una familia. Mire, acaba de entrar un chico en coma diabético que han encontrado en el 33. Allí inconsciente desde el viernes.

            - Ah, no me digas. ¿No será el chico que vimos dormido el viernes por la tarde cuando íbamos a casa? Mi nuera y yo volvíamos de la revisión. Uno que parecía dormido o drogado, con muy mala cara... La verdad es que fuimos comentando lo mal que está la juventud; más valdría que se prepararan para lo que les viene encima en vez de evadirse en el alcohol o las drogas.

            - Era diabético, el pobre. Una nunca sabe. Quizás habríamos podido ayudarle. Yo también iba en el mismo autobús y tampoco reaccioné. Iba de bote en bote y nadie le dijo nada al pobre chico. Este mundo es un desastre.

            - Bueno, Esperanza, hasta luego hija.

            - Adiós Agustín. Luego voy a ver a su nuera por si le hace falta algo.

            - Gracias, hija. Adiós, adiós.


Se separaron y siguieron con sus vidas pero no como si nada hubiera pasado. Aquel lunes de principios de primavera Matías, Alberto, Esperanza y Agustín sentían una honda tristeza: la tristeza de constatar cuántas personas en el mundo mueren solas, abandonadas aunque rodeadas de gentes a las que no importan nada.

Ese lunes transcurría para ellos arrastrando una carga de profundidad en sus corazones. Una losa de varias toneladas los abatía. La imagen de aquel anónimo joven no se borraba de sus retinas. A punto de declinar el día cesaba la actividad propia de la jornada, y cada uno de ellos,  como respondiendo a una inaudible llamada, se dirigió a la UVI del hospital. Allí se congregaron, ahora sin intercambiar palabras.

En la antesala de la UVI, en uno de esos bancos  donde la gente espera noticias o la hora de la visita, había una pareja de mediana edad. Estaban sentados, callados y taciturnos. Las manos enlazadas y los ojos húmedos. Todos, al verlos, supusieron que se trataba de los padres del muchacho del 33. Se confirmaron sus sospechas cuando uno de los médicos del servicio empujó desde dentro las puertas abatibles que daban paso a la UVI y se dirigió a la pareja. Aún sin haber oído sus palabras, tuvieron enseguida la certeza de que el temido desenlace se había producido.


Sin decir palabra, los cuatro intercambiaron miradas húmedas y desvalidas. Se encaminaron en silencio hacia los ascensores, de ahí a la calle, por la calle a la parada y en ella, cuando llegó el autobús, subieron de nuevo al 33.

viernes, 27 de junio de 2014

CARONTE, de ANTONIO RODRÍGUEZ

Seguimos con la presentación de los trabajos fruto del Taller de Relato Práctico Tusitalas celebrado en el mes de mayo-junio en el Centro Cultural CajaGranada. Es el turno de Caronte, relato de Antonio Rodríguez.



La barca herrumbrosa de Caronte avanza lentamente hundida en las nauseabundas aguas de la laguna. Los decrépitos remos que, desde tiempos inmemoriales, son la prolongación de sus brazos, apalean el agua negra de la charca con ritmo cansino, cortando a tajos, la lámina inerme del agua en el yermo silencio.

La oscuridad de la cueva es aplastante, la soledad es abrasadora. La débil tea que alumbra el sigiloso camino de la barca, tiembla dolorida, en su puesto de vigía, ante la brusca sequedad de la penumbra que la envuelve. Las ralas ondas del manto oscuro, que el paso de la barca deja, juegan fugaces con la luz mortecina, como culebrinas monocromas adormecidas. El silencio es angustioso, es un grito de inquietud cerrado, un hueco profundo en la razón. Es la boca oscura del más allá, es la angustia del no retorno.

Caronte, -que no es joven, ni viejo sino eterno, rema y rema sin parar, sin desaliento, como un autómata, como lo ha venido haciendo desde la eternidad. Como lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos. Es su destino, es su castigo divino.

Su mirada se pierde en la cerrada negritud de la penumbra, sus pensamientos pasan vertiginosos como el rebobinado acelerado de una cinta de película, caen en el vacío de su eterna juventud como el fluir del agua en la alcantarilla negra, como el chasquido silbante que produce el volar de las hojas de un libro cuando buscamos un recuerdo en su interior. Su vida es tan monótona, su discurrir diario tan solitario, su tarea tan lóbrega y oscura que su pasado es semejante a ese libro que aún no se ha escrito, parecido a esa cartilla infantil inmaculada, si acaso con cuatro garabatos insustanciales, con unos arrugados frágiles.

Desparramada en el fondo de la embarcación una joven esbelta, de elegantes facciones, ajena al frío entorno, pasajera inerte, va camino de su última morada. Su rostro frágil y ligero, manchado por la aridez de la muerte, conserva, aún, el fresco aroma de su alta alcurnia, su alegre fragancia juvenil. La máscara mortuoria, los ornamentos pétreos que esconden ese rostro cálido y aromático, no han conseguido ensombrecer el semblante sosegado y plácido de la viajera.

Los ojos fosforescentes del barquero, que escrutan permanentemente la penumbra eterna de la laguna, con una precisión infalible, por un leve instante, han pestañeado. Por un ínfimo momento, su porte sereno se ha acelerado, su aplomo se ha tambaleado, su acompasado remar se ha quebrado. Con el torso rugoso de su mano se ha restregado, incrédulo, los bordes de sus cóncavos ojos ardientes. Un sudor helado le ha recorrido el alma, una ráfaga de calor humano le ha invadido, un sentimiento extraño le ha sacudido las emociones más profundas.

El ritmo tedioso de la laguna se ha roto. El compás cansino y eterno que Caronte ha mantenido desde el comienzo de los tiempos, se ha parado por un instante fugaz. Por primera vez en toda la eternidad, el silencio, es en la densa laguna mucho más espeso, la zozobra se ha apoderado del mundo de la quietud.

¿Ha sido un vahído? ¿Ha sido una alucinación? ¿Ha sido un leve parón en su firme e impertérrita vocación de remero?

Sus manos vuelven a restregar, con más fuerza, sus ojos asombrados y desencajados. Se pellizca la cara, los brazos, su cara se disloca. Se comienza a apoderar de él, la inquietud, la duda, el miedo. En un escorzo ágil coge una garfada de agua putrefacta y la estrella contra su rostro. Las eternas gotas de agua, mezcladas con las ácidas perlas de sudor que le produce el continuo remar, le resbalan lentamente hasta el mentón y saltan al vacío hasta chocar con el fondo osco de la embarcación. ¡Está despierto!; lo ha estado siempre, su sino es estar siempre alerta, remar y remar; su trabajo es transportar cadáveres desde una orilla, la de la muerte, a la otra, la de la dicha, la del vivir para siempre, o la del penar eterno.

¿Qué está pasando? ¿Cómo le ha podido ocurrir una cosa así? ¡No es posible! ¡Esto no le puede pasar a él! Lleva miles y miles de años desempeñando este trabajo, una eternidad ejerciendo este oficio. Nunca había tenido un problema, siempre cumplió a la perfección con su cometido. El temor a los dioses regía sus razonamientos, el miedo al castigo eterno nublaba sus pensamientos. ¡Estaba muerta! El abrió su boca reseca, con el rictus “post mortis”, y cogió la moneda, el pago del transporte, el pasaporte al más allá. Al levantarla de la loza blanca en la que estaba postrada, sobre la que le habían rendido los últimos honores mortales, para meterla en la barca, su cuerpo frágil, poseía la débil ingravidez que produce la muerte. ¡Estaba inerte! ¡Carecía de vida! ¡Estaba muerta!, se repetía. Atolondrado por el enorme contratiempo que aquel percance podía producir en su expediente laboral, desconcertado por la trascendencia que aquel hecho representaría en la inmaculada hoja del servicio mortuorio de la laguna Estigia, miraba de lado a lado, escudriñaba nervioso el horizonte como queriendo esconderse, como pretendiendo ocultar su falta. Pero sus ojos incandescentes, que penetraban ágilmente la oscuridad más densa, no acertaban a distinguir dónde se encontraba, en qué lugar de la laguna se había detenido la barca, en qué momento se encontraba su existencia. La depositó con mimo, como lo hacía siempre, él trataba bien a sus pasajeros, en el fondo de la barca. Una gota de su sudor, lo recuerda bien, se rompió en innumerables destellos cristalinos, sobre la mortecina frente de la chica. ¡Toda una eternidad de buen hacer, de un trabajo bien realizado, tirada por la borda, por un desliz! ¡Por un error! Por una equivocación sufrirá el desprecio de los dioses, recibirá su ira divina. ¿Qué había pasado?


La joven le mira fijamente, incrédula, sin moverse, sin pestañear. Está desconcertada. No acierta a saber qué pasa, ni por qué está en aquella barca, con un barquero al que no conoce y en medio de esta soledad plomiza, envuelta en esta oscuridad letal. ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde está su prometido? ¿Dónde están sus amigos?; Estas realidades le martillean las sienes. Despavorida se echa las manos a la cara, palpa temblorosa su fina faz descompuesta y, en un arrebato cruel, arranca con gesto grotesco y rabioso, la máscara mortuoria, araña con rabia los ungüentos, estalla en una explosión de llanto. El rictus entrecortado de su miedo esboza una leve sonrisa interrogativa, pero no se atreve a decir nada. Los dos, Caronte y la chica, se miran atónitos, los dos están paralizados, los dos parados en medio de un mar proceloso, en medio de confusos pensamientos, en medio de una realidad incomprensible, sin atreverse a romper el tenso instante. Sólo sus miradas, inquisitivas, cortan el denso silencio que sofoca el ambiente.

La barca, inmóvil, quieta, como petrificada, aguarda; de un momento a otro; comenzar su balanceo tosco y grotesco. Caronte, el remero, hierático, desencajado, no acaba de reaccionar. ¿Qué hago? se pregunta una y otra vez interiormente. No puedo seguir, no puedo presentarme en la orilla del más allá con una persona viva, esto sería terrible, rompería el esquema de los tiempos. Los secretos más recónditos correrían el riesgo de ser descubiertos, de ser desenterrados. Los saberes más sagrados de los dioses serían profanados. El destino, conocido por los mortales. Su dueño y señor, no le perdonaría esto, le mandaría para siempre al destierro, le arrojaría para toda la eternidad fuera de la laguna, perdería su trabajo, monótono, pesado a veces. Pero era lo único que sabía hacer, era para lo que verdaderamente servía, era lo que había estado haciendo por los siglos de los siglos. Avanzar no debía, pero, retroceder, para depositarla en la orilla de los vivos, no podía. El tiempo no se puede recorrer hacia atrás. El trayecto de la muerte al más allá, el recorrido es exacto, milimetrado, está ajustado a los cómputos del tiempo, sigue los cánones seculares, es un paro puntual, es un soplo vertical, constante como la brisa en la sierra, rítmica como el romper de las olas en el acantilado, como el tictac del reloj.

Su cerebro buscaba con urgencia una respuesta, necesitaba con celeridad una solución, con angustia, un camino a seguir. Si avanzar no debía porque los vivos no tienen entrada en el mundo del futuro, si retroceder era ir contra la corriente del tiempo, cada segundo que permanecía, allí, estático, inerte, como si el muerto fuera él, estaba dinamitando el proceso natural del tiempo, estaba rompiendo el complicado entramado de coordenadas que confluyen en la ordenación, desarrollo y seguimiento de la vida. Qué respuesta le daría a la chica, que comenzaba a incorporarse, desvaída, aún, cuando le preguntara quién era él, qué hacía ella allí, a dónde iban los dos en aquella barca mortuoria... Pero más difícil sería encontrar una explicación coherente a su jefe, al dueño y señor de la vida, al controlador de los hilos de la muerte, al poseedor de la vida eterna.

Sus manos que en otros tiempos eran fuertes, seguras, comenzaban a temblar; su rostro otrora inexpresivo, clónico, irreal, tomaba tintes grotescos; su pecho rocoso, enorme como una fortaleza etrusca, comenzaba a hacer aguas. Era una cascada de diminutos cristales, semejaba una regadera gigantesca en medio de la laguna negra. Se mesó el cabello abrupto y esperó a que la joven acabara de incorporarse.

Una pálida voz, rompió el silencio eterno, una voz de tintes rosados reverberó en la oscuridad y se perdió, absorbida con avidez, por la seca aridez del silencio.

- Por favor… ¿quién es usted? -susurró.

La frágil voz, la cálida ternura de la pregunta rasgó la pesada soledad de la laguna como un cuchillo secciona la carne. Aquel hilo delicado de voz rompía sus tímpanos milenariamente sordos. La luz que irradiaban sus ojos iluminaron, de súbito, su sempiterna oscuridad y la lúgubre laguna cotidiana, que ahora, era radiante como un paseo en barca por el lago Bracciano, esplendorosa como un día soleado en medio de una extensa sabana. La dulce sonrisa que dibujaron sus labios descarnó las opacas pupilas de Caronte; la ternura invadió su alma sólida y vacía, la compasión llenó su soledad sempiterna, la emoción desmembró su entereza secular. Los lívidos labios de la chica trajeron a su memoria los primeros besos robados, los cálidos días de estío, las largas y tristes tardes de invierno, algunas fogosas noches de amor de sus milenios mozos.

- Soy Caronte -contestó. El barquero que transporta tu alma al más allá. Soy el guardián del trayecto que recorre tu ser hasta el paraíso.

La joven se estremeció, se rehízo y espetó enérgica:

- Pero, ¡yo estoy viva!

- Ya lo veo -se lamentó Caronte-. Y, esto me causa un enorme problema, me origina un terrible contratiempo. No puedo avanzar porque estás viva, no puedo retroceder porque el tiempo me lo impide.

- Comprendo que volver no puedas porque el empuje constante y tenaz del tiempo hace imposible el retroceder, porque las manecillas del reloj de la vida sólo avanzan hacia el futuro, sólo giran en dirección contraria al pasado. Por eso -se paró como para dar más solidez a su demanda-, te suplico que me lleves a la otra orilla, a esa vida maravillosa que muchos días he soñado, que desde niña he deseado, para la que desde siempre estamos predestinados los mortales.

-¡No lo comprendes! -atajó Caronte-. En ese lugar tú no puedes entrar, tú no existes. All, no hay lugar, no existe el espacio, no se propaga la voz, no se necesitan los ojos para ver, no tiene cabida lo material, lo corporal. Allí sólo hay una manera de entrar: morir. Sólo tiene cabida el ser, el alma inmortal, el espíritu despojado de los tintes superfluos, liberado de las vanidades perecederas que le oprimen, que lo subyugan en vida. Y tú -le señaló con el índice amenazador-, estás, aún, en ese estado terrenal, en esa imperfecta forma humana que acumula la riqueza, que ama los afeites, que...-quiso añadir algo más pero la joven le cerró la boca con su delicado dedo índice.

Con el contacto de aquel sutil dedo, Caronte, creyó morir. Se vio rodeado de todas aquellas almas, de aquellos millones y millones de pasajeros que había ayudado a entrar en el paraíso. Sus miradas inquisitoriales le quemaban las pupilas, le taladraban el cerebro. El roce de aquella delicada piel le estremeció los sentimientos más profundos, sedimentados en su ser desde eras antiquísimas, le despertó los deseos más humanos, los instintos más animales pugnaron por emerger.

- Pues quedémonos aquí, los dos, en medio de esta negra noche, en esta barca mortuoria, rodeados de esta larga soledad y olvidémonos del tiempo, hagamos caso omiso al destino, despreciemos el paraíso y vivamos los dos, juntos, hasta el final de mis días -le susurró quedamente la joven.

Caronte, estaba aturdido, estaba desconcertado, no entendía nada. En su milenaria existencia, jamás, le había ocurrido una cosa parecida: que  el cuerpo que debía pasar de una orilla a la otra no estuviera a punto para la recogida, no fuera la fecha señalada por el destino. Aquí alguien había cometido un error, alguien había obrado con negligencia, alguien tendría que dar una clara y extensa explicación. Pero lo que le turbaba y exacerbaba era la tentadora situación que su compañera de viaje le proponía. Él es eterno, es el albacea de un legado divino pero también es humano. Por sus venas fluyen deseos, de su alma brotan pasiones, su ser necesita proyección. Los sentimientos humanos le empujan a seguirla, los instintos carnales le incitan a la lujuria, las veleidades femeninas le provocan la pasión. El deseo finito, el placer perecedero, el instinto brutal le nubla la visión, le anulan la razón, le incitan al pecado. Por el contrario sus deidades eternas ponen sordina a sus pensamientos, echan freno a sus arrebatos, inhiben la libido humana. ¿Qué hacer? Sus pensamientos son una caldera en plena ebullición, su voluntad un corcel desbocado, sus deseos un volcán en erupción. No puede más, su pecho no soporta por más tiempo aquella angustia que jamás había sentido, no aguanta más aquel dolor sofocante; sus sentimientos no pueden permanecer encerrados por más tiempo sin expresar sus pareceres, sus necesidades. No acaba de coordinar, no acierta a comprender. Alza los brazos y grita, grita muy fuerte, prolongadamente enérgico. El eco se vacía en la larga bóveda del silencio, su angustia se pierde en la soledad infinita del tiempo.

-¡Caronte! ¡Caronte! ¡Caronte! -el eco truena de peña en peña en la caverna cenital de la laguna.

Caronte rema cansino, metódico, como lo había hecho infinitas veces, como lo seguirá haciendo eternamente, hasta la consumación de los tiempos y la barca atraca lentamente, como teledirigida, con calma, suavemente en la orilla.

-¡Caronte! –grita desde la orilla el cancerbero-. Eres la puntualidad personificada.


Caronte, el barquero, lo mira fijamente, con una mirada hiriente, eterna, cansada. Baja de la barca, se inclina sobre su carga, con tiento toma  el cuerpo ingrávido, leve, rosado, insustancial. Lo transporta con mimo y cariño. Lo deposita con suma ternura sobre la pira. Lo mira por última vez. Sobre la frente decrépita de la chica quedan aún restos de diminutos cristales de sudor. Por el cansado rostro eterno corren dos lágrimas de amor. Vuelve cansino, como el tiempo a su destino. Sube a la barca, se sienta, lívido, metódico, como siempre. Da un último vistazo plomizo a su alrededor y empuña, de nuevo, los remos del tiempo.

domingo, 22 de junio de 2014

EL CHALECO, Alfonso Salazar

Iniciamos la publicación de relatos creados en el Taller TUSITALAS, que clausuramos el pasado mes de mayo. Empezamos con el cuento creado por el monitor del curso. Vendrán más.


No clareaba aún cuando el chico pasó de puntillas, casi desnudo, entre los cuerpos apiñados de sus compañeros. El olor a pies dormidos se disipó cuando abrió la puerta. En el armario común buscó el pantalón de pana marrón y el único jersey que guardaba. Se lavó la cara en tanto el resto de habitantes del pequeño piso del Zaidín comenzaban a desperezarse. Quien quisiera utilizar el servicio debía madrugar, y el Chico lo hacía todos los días. Aquella mañana con más razón: era un día importante.

Con los exiguos ahorros que le quedaban, tras enviar mensualmente a sus padres los euros que sudaba cada día, se había comprado en el bazar chino de la esquina de la calle doña Rosita un chaleco amarillo reflectante, con una banda gris. Miró en el espejo su cara recién lavada, se ajustó el cuello del jersey y se deshizo del plástico que guardaba el chaleco. Desdobló la prenda y se la puso con mucho cuidado, como quien se viste de gala. Ajustó el velcro y lo cerró. Posó ante el espejo, sacó a relucir la dentadura blanca, inmaculada y fuerte, y sonrió con amabilidad.

Recorrió, sin hacer ruido, el pasillo. André el Congoleño lo miró con sorpresa mientras abría sus ojos grandes, desde el sofá cama, y el Chico, que aún llevaba la sonrisa puesta, se la ofreció. Con un asentimiento silencioso, acompañado de un fruncimiento de labios muy afirmativo, el Congoleño pretendía desearle suerte. Le guiñó el ojo: él también le deseaba suerte, que el día fuese propicio y volviese por la noche con muchísimas menos gafas de colorines de las que llevase al salir en la mochila.

Con el chaleco puesto abrió la puerta del edificio y caminó altivo, seguro y confiado hacia su esquina de siempre. El estómago crujió. Los nervios y las prisas le hicieron olvidar que aún debían quedar algunos cereales en su apartado rincón de la cocina. Y si ya no había, podía haberle sisado a André unas galletas de las que escondía en el desvencijado mueble de la terraza. André pensaba que nadie conocía la existencia de ese escondite, el inocente. En la calle el olor del café y del pan tostado, el sudor del churrero de la calle Santa Clara, la frágil apertura del cielo por donde la luz bregaba por mostrarse, aventuraban que eran las siete de la mañana. Y le recordaron todos los indicios unánimes que no tenía más de veinte céntimos en el bolsillo, que en su país le habrían servido para comprar unos bollitos franceses y allí era una miseria que solo podría gastar en gominolas.

No permitió que le pesase el desánimo y recorrió el bulevar en dirección a la antigua carretera de La Zubia, con una alegría contenida. El día amenazaba con ser caluroso: los chavales camino del instituto iban en camiseta de manga corta, algunos armados con skates, otros desfallecidos de sueño, ante la cercanía de los exámenes finales. En Senegal, junio era un mes lluvioso, de repentinas tormentas. Pero junio en España era mediano y suave, algo fresco para su cuerpo. Cada cien metros se recolocaba el chaleco. Cada diez metros le asaltaba la necesidad imperiosa de comprar cuanto antes un casco de obrero.

En su esquina, el semáforo parpadeaba en amarillo. El Chico se colocó muy formal sobre el paso de peatones. Los coches empezaban a declinar en velocidad. Muy pronto comenzarían los atascos que propiciaban las obras del metro. Frente a él, los obreros aprovechaban el fresco para progresar la construcción. Unos manejaban las taladradoras que hendían con aullidos mecánicos el aire del barrio. Otros se afanaban en la hormigonera, que rotaba incansable en su elaboración de cemento. Las palas y picos, los adoquines sin cortar, los enormes rulos de manguera decoraban el escenario que el muchacho podía distinguir tras las vallas bajas, metálicas y amarillas que señalaban el perímetro de la obra.

El Chico, mostraba orgulloso su chaleco y los saludaba a todos con confianza y simpatía. Aquel retén de obreros llevaba dos semanas frente a su esquina. Las obras habían provocado que su semáforo no tuviese la afluencia que tuvo no hacía ni un mes, cuando frenaban largas colas de vehículos. Pero él se esforzaba en dar paso a los coches despistados ante el parpadeo pertinaz, inalterable y rítmico del semáforo. Hacía tres días que la señal solo mostraba el brillante amarillo, como su chaleco, y los conductores, desorientados, sacaban sus cabezas, intentaban mirar a uno y otro lado, afinaban sus oídos entre la marabunta escandalosa de sonidos que amenizaban una excavadora y la incansable hormigonera. Los automóviles buscaban el momento justo en el que colarse. El Chico, con un pie en cada carril, varado en la perpendicular de las calles, daba paso y alternaba en cremallera la incorporación de los vehículos a la Avenida.



Los conductores sonreían al chaval amable y cada cual pensaría una cosa. Los unos, quizá, que era buen asunto la integración; que si un chico africano conseguía un trabajo en la obra debía ser un trabajador infatigable; que el país era bueno y amistoso, y aquello era un ejemplo de tesón y recompensa. Los otros, que vaya birria de salario deberían percibir aquellos muchachos que ordenaban el tráfico, a falta de guardias, para que ningún español desempeñase el trabajo y tuviesen que recurrir a emigrantes. Los menos, que un negro no debía quitar el puesto de trabajo a un español nativo, católico y varón.

El chico alzaba los brazos, el derecho en ángulo recto señalaba la prohibición de paso, el izquierdo a la altura del pecho, como si se abanicase, dando paso a los que bajaban la calle. Y observaba de soslayo a los obreros, les sonreía si una mirada se cruzaba con la suya, tan formal y atareado en su faena. Se consideraba un ejemplo, y había decidido que no vendería ni un paquete de pañuelos más. Imaginaba la cara petrificada de André el Congoleño cuando le diese la noticia. En cuanto tuviese casco, el capataz de la obra no tendría más remedio que llamarlo, sentarlo en una pila de adoquines recién cortados, delante de la caseta marrón clara donde lucía el emblema de la constructora, y le ofrecería un trabajo.

Su mente procesaba las frases adecuadas que diría por teléfono, en el locutorio del Callejón del Morcillero. Le explicaría a sus padres que emigrar era buena cosa. Que había conseguido un trabajo digno. A la pequeña Maciel, que aún le esperaría todas las tardes en el malecón de la Bahía de Yof, le compraría un billete de ida sin vuelta hacia España. Y así crecerían sus hijos, y hablarían el español que él farfullaba como si fuesen universitarios.

Como en todos los cuentos, aquellos que fantasean, pueden ver sus sueños rotos en el momento más inesperado. Tanto se figuraba la casa pareada en la que viviría junto a la Carretera de Huétor, rodeada de ciruelos rojos, que no vio el ciclomotor que se le vino encima. Los brazos parados e inútiles señalaban al cielo que anunciaba una mañana tórrida. Cayó rodando por el suelo. Echó de menos el casco.

Una mujer que arrastraba el carro de la compra se quedó tan petrificada, como el rostro inocente de André, y lanzó un grito que pudo superar, por poco, el estruendo de la hormigonera. El hombre joven que conducía la motocicleta rodó junto al Chico, y en la caída golpeó con su casco la frente desguarnecida del muchacho. Uno de los obreros silbó con fuerza y la excavadora paró en seco. Los que recogían el cemento vomitado por la máquina miraron despistadamente, sin ver cómo la cabeza del Chico se quedaba a pocos centímetros de la rueda negra, elástica y feroz de un Land Rover. El capataz desfiló hacia el lugar del incidente alertado por el cuerpo envuelto en un chaleco amarillo que yacía en el suelo.

Cuando abrió los ojos, un círculo de caras preocupadas le rodeaba. En el centro azul que enmarcaban se veía aparecer tímidamente el sol. Los rostros murmuraban. Una joven que tenía las mismas largas pestañas que la pequeña Maciel, sonrió. El hombre de la motocicleta, ya de pie y sin casco, suspiró y se echó la mano con desesperación a la frente. Un anciano que olía a brandy le abrió el chaleco y puso su oreja peluda sobre el jersey de cuello vuelto.

-         Está vivo –dijo con cierto retintín profesional.

Dos obreros lo ayudaron a incorporarse. Le dolía todo el costado, como si todo el mar del Estrecho le hubiese dado de golpe. Intentó mantenerse en pie, pero cedía el tobillo. “Un esguince” dictaminó el viejo borracho. El Chico sonrió, musitó agradecimientos en francés, wólof y español. Le ayudaron a sentarse en el bordillo. La mujer petrificada le dio un pañuelo de papel. El capataz le acercó una botella de agua bien fría y comentó:



-         Lástima que no te cubra el seguro, chico.

domingo, 15 de junio de 2014

CERRAMOS EL CURSO

Este año Amelia, Ángela, Ángeles, Antonio, Bea, Beatriz, Carmen, Caro, Concha, Dulce, Escarlata, Inés, Isabel, Isabel, Javier, Joaquín, Jorge, Jose, Juan Ignacio, Lola, Lola, Mabel, Macu, María, María, Mariángeles, Maribel, Mario, Marisa, Matilde, Mavi, Mónica, Pablo, Ramón, Rosa, Rosana, Toñi y Vicente han estado con nosotros, en los diversos cursos que hemos hecho en CajaGranada y en La expositiva. Muchísimas gracias a todos por hacer con nosotros parte del camino.

Ha habido iniciativas interesantes en las que los alumnos seguirán adelante trabajando en blogs y otras estructuras por la web y la vida.

Empezamos a trabajar en los cursos que ofreceremos el curso que viene.

Aquí tenéis vuestra casa.


sábado, 7 de junio de 2014

PERIPECIAS EN LA AZOTEA

Fruto del Taller que hemos impartido este curso en la Sala La Expositiva es este blog: Peripecias en la Azotea, donde Elefzería, Lady Hachi, Ricardo de la Osa, Matilde Amaris y Victoria Assiego (todos ellos, heterónimos) nos muestran sus creaciones. Enhorabuena!


domingo, 1 de junio de 2014

FIN DE CURSO EN LA EXPOSITIVA

Tras más de 16 semanas -¡desde el 4 de febrero!- el pasado día 27 de mayo, terminamos el curso ESCRIBIR ESCREAR en La Expositiva. Gracias a Toñi, Javier, Rosa, Caro y Bea (y a Ángela y Rosana que lo iniciaron), que terminaron el curso, y a Luis, que nos acogió. Ellos empiezan la aventura con su proyecto http://peripeciasenlaazotea.wordpress.com/, donde darán salida a muchas de sus creaciones. Esperamos volver el curso que viene a La Expositiva. Ahora, a descansar.